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DAÑOS COLATERALES - LUIS JAVIER RUIZ

La imagen más icónica de lo que está pasando en la Franja de Gaza es, probablemente, la de un joven (30 años) en silla de ruedas con las piernas amputadas a la altura de las rodillas y blandiendo una honda cargada con una piedra. Se llamaba (porque los francotiradores israelíes acertaron en su cabeza) Fadi Abu Salmi y ayer los medios internacionales contaban que perdió las piernas en el año 2008 cuando intentaba evitar, infructuosamente, que el Ejército de Israel le arrebatara sus tierras.

Ayer, la Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados de Palestina en Oriente Próximo (UNRWA) daba la voz de alarma: 55 palestinos muertos (los últimos recuentos hablan de más de 60); 2.771 personas heridas, 1.359 de ellas por munición real; 130 en estado crítico. Matanza y masacre han sido las palabras más recurrentes para definir una situación que se parece, demasiado, a la guerra de Gaza del 2014 -entonces hubo más de 2.310 muertos y casi 11.000 heridos-. Mientras que desde la ONU se apunta que los hechos «podrían representar un crimen de guerra», buena parte de Europa calla (Francia y Alemania son la honrosa excepción) y España recurre a una vergonzosa e infantil regañina que, en el fondo, no se aleja mucho de la hipocresía exhibida por Estados Unidos: «Ningún país habría actuado con más contención».

La sangre seguirá corriendo por Gaza. Los equipos médicos, ya sobrepasados, se limitarán a emitir certificados de defunción y el mundo continuará mirando a otro lado el día en que los francotiradores de Israel, con la connivencia de Estados Unidos, vuelvan a apretar el gatillo para reprimir una manifestación. La impunidad es el peor enemigo de la paz.

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