Concilio y tómbola

Cuando los debates políticos se escoran a la metafísica, uno se lía, igual que se liaron en Calcedonia con la doble naturaleza de Cristo

FELIPE BENÍTEZ REYES

Como ustedes saben, el cuarto concilio ecuménico de la iglesia católica se celebró en el año 451 en Calcedonia, con la asistencia de 250 obispos, cada cual de su padre y de su madre. Su cometido principal fue el de definir las dos naturalezas de Cristo: la divina y la humana, asunto que había suscitado una severa y florida controversia -con excomuniones incluidas- basada en abstracciones teológicas de gran complejidad y no menor pintoresquismo, cuya glosa excedería, lamentablemente, el espacio de este comentario.

Antes de definir su modelo de partido, las mentes más señeras del PSOE están dispuestas a asumir la responsabilidad de definir su modelo territorial de España, asunto que tiene como punto de partida una obviedad y como punto de llegada un enigma, ya que redefinir lo definido puede deparar sorpresas incontrolables.

Un jerarca socialista, a propósito del concepto de «plurinacionalidad», ha reconocido que «hemos hecho una formulación y hay que desarrollarla». Se mire como se mire, el procedimiento es peculiar: se formula un concepto vacío y luego se le busca un contenido, cuando lo tradicional es que el proceso sea el inverso. Algo así, no sé, como si alguien pusiera en circulación el concepto de «ensaladilla paquistaní», sabiendo lo que es una ensaladilla, pero desconociendo lo que sería una ensaladilla paquistaní, y luego se dispusiera a inventar la receta de la susodicha ensaladilla en su versión paquistaní, con el peligro de que, cuando se formula un concepto indefinido, su definición puede derivar en lo primero que se nos ocurra, lo que nos sitúa menos en el territorio del pensamiento que en el de la ocurrencia.

En el PSOE hay quienes tienen muy claro que España es una plurinación, pero nadie parece saber en qué consiste no ya nuestra plurinacionalidad, sino ni siquiera cuáles son las naciones que dan ese carácter plural a esta presunta nación de naciones. Ante la incertidumbre, todos andamos, como es lógico, mordiéndonos las uñas, sin saber si lo nuestro es una nación o una mera región, si tenemos una cultura propia o una cultura prestada -o incluso robada-, si disfrutamos colectivamente del privilegio de los hechos diferenciales o si somos víctimas de los hechos homologados, y así sucesivamente.

Contamos los días, en suma, para que los dirigentes socialistas tracen el mapa de la plurinación, y saber así qué grado jerárquico nos corresponde en ella: si somos una nación propia dentro de una nación ajena o si somos la parte de la nación ajena que no tiene nacionalidad propia... Y es que, cuando los debates políticos se escoran a la metafísica, uno se lía, al igual que se liaron en Calcedonia con lo de la doble naturaleza de Cristo. Aunque me temo que esto no lo arreglan ni 250 obispos encerrados a pan y agua en Ferraz.

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