Ciudadanos de Pittsburgh, no de París

«Tal vez en un tiempo en el que la percepción del miedo, del riesgo y la inseguridad aflora y se vive con mayor vehemencia, la sensación de seguridad que nos proporciona la cercanía de las fronteras conocidas tenga el correlato lógico...»

Corren tiempos convulsos en la política nacional e internacional. Mas, ¿cuándo no ha sido así? ¿Cuándo ha sido de otra forma? Al fin y al cabo, con todo lo bueno y todo lo malo que nos está tocando vivir, la política, entre otras muchas cosas, es un mecanismo más para tratar de resolver conflictos por vías pacíficas y ordenadas.

El orbe gira preocupado por las decisiones del presidente electo de los Estados Unidos de América, por sus relaciones con Rusia o con China; la Unión Europea pretende mostrar unidad y fuerza, algo cada vez menos creíble ante la irremediable negociación del Brexit y en España estamos pendientes del catalá, de la urnas para la consulta y de entrenadores de fútbol metidos a portavoces.

A la larga (y a la corta) todas estas cuestiones giran en torno a tres realidades que actúan e interactúan entre sí, que se limitan y se refuerzan y que se amplifican o se minimizan en función de cuál de ellas triunfa o se siente fuerte. Así lo contempla el economista de Harvard D. Rodik al concentrarse en los flujos y reflujos que esta trinidad laica genera. En pocas palabras, según su ya famoso trilema, deberíamos optar por no más de dos de sus tres conceptos elegibles: globalización (entendida por el autor casi exclusivamente desde un punto de vista económico), democracia (entendida desde un punto de vista político) y soberanía nacional (es decir, más frontera, más nación, más estado). Nos dice el economista de Harvard que, por mucho que nos esforcemos, nunca tendremos la posibilidad de garantizar la supervivencia de las tres. Sin duda, en este y en otros casos, tres son multitud.

En un primer estadio de la compresión (del intento) de la teoría trina de Rodik, la radical elección que nos obliga a tomar parece poco ajustada a la realidad actual. Las naciones, a través de sus estados, intentan parapetarse de enemigos reales e imaginados (creados, para ser más ajustados a la verdad) por medio de un proteccionismo económico y cultural, fruto de la globalización. Ésta, a su vez, parece jactarse de su aparente invisibilidad para superar cualquier barrera que trate de impedir sus efectos planetarios. Mientras tanto, los ciudadanos y, sobre todo, los que jurídicamente no llegan a tanto, pretenden obtener o restaurar sus derechos políticos y ser tenidos en cuenta a la hora de la toma de decisiones públicas. Por todo ello, en un subnivel de aprehensión de la teoría de Rodik y de la práctica de millones de personas, más que una exclusión de una de estas realidades, se trata de elegir la intensidad de cada una de ellas.

Antes de continuar, leamos algún comentario reciente. En relación al Acuerdo de París, destinado a luchar contra el calentamiento global, Donald Trump asevera que el acuerdo costaría dos millones y medio de puestos de trabajo, en EEUU, se supone. Se trata, según interpreto, de una solución nacional para resolver un problema de la misma naturaleza. Seguimos ahora con la primera ministra británica, Theresa May, que en la búsqueda de su nueva situación ante la salida de la Unión Europea, aboga por «tomar el control y nuestras propias decisiones», dando a entender que no era así en el pasado reciente. Acabamos, los titulares con el actual entrenador de fútbol del Manchester City, que en relación al nexo entre el Estado español y la comunidad autónoma de Cataluña dijo que «ahora que la voz de la democracia quiere ser secuestrada, más que nunca acudiremos a las urnas y defenderemos con todas nuestras fuerzas la democracia y nuestros representantes».

Evidentemente, los discursos aquí señalados no han sido elegidos al azar. No obstante, no es menos cierto que la inmensa mayoría de las diatribas actuales que atacan a alguno de los tres elementos suelen acogerse al nacionalismo en detrimento de la globalización y de la democracia. Así las cosas, parece que el modelo westfaliano, que atribuyó a la soberanía nacional de los estados un poder omnímodo, sigue sin ser superado con constructos institucionales supranacionales, discursos universalistas bienintencionados o convivencias pacíficas dentro de estados ya formados. Más bien, a este modelo confeccionado ya hace unos cuantos siglos se le han colado una serie de actores que lo han flexibilizado pero que no han terminado de finiquitar el paradigma reinante. Por ello, teniendo presente esta circunstancia, tal vez estemos eligiendo, salvo excepciones contadas, con demasiada intensidad una de estas realidades frente a las otras dos, olvidando que, según Rodik, se pueden elegir dos de ellas. Tal vez, en unos tiempos en los que la percepción del miedo, del riesgo y la inseguridad aflora y se vive con mayor vehemencia, la sensación de seguridad que nos proporciona la cercanía de las fronteras conocidas tenga el correlato lógico con la elección que en todo el mundo se está llevando a cabo.

Todo lo dicho hasta aquí se resumen en una frase de Donald Trump: «Fui elegido para representar a los ciudadanos de Pittsburgh, no de París». En estas estamos.

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