La ciudad gentrificada

DOMINGO GARCÍA-POZUELO

El uso del lenguaje y de algunas palabras para manipular la opinión pública, aleccionar, inducir y modificar el pensamiento libre de cualquier ciudadano, no es nuevo, si bien en los últimos años, con el advenimiento de esas generaciones de jóvenes avezados en el manejo de lo que se ha dado en llamar redes sociales, se ha multiplicado exponencialmente. Y si a eso se añaden algunos tendenciosos programas televisivos, el pernicioso caldo de cultivo está servido.

Una de las palabras que ahora manejan desde ese manido progresismo con el que se nos bombardea de manera subliminal no es otra que . Término con el que algunos grupos políticos nos aleccionan sobre el desarrollo de las ciudades y su relación, entre otras cosas, con el turismo. Actividad ésta, la de viajar y recorrer los lugares que nos atraen, considerada maldita para esos movimientos ideológicos que lo que buscan es el control social bajo pensamientos transidos, en su fuero más oculto, de un comunismo larvado, es decir, dictatorial.

Ese anglicismo, , procura de manera subrepticia la eliminación del figurado aburguesamiento de diversos barrios de cualquier ciudad, léase por ejemplo Barcelona, y su dinamismo turístico, siendo la excusa perfecta para cercenar, o intentarlo al menos, cualquier actividad económica cuya esencia sea el negocio hotelero e inmobiliario, el lícito, incluido el control coercitivo a los pisos vacíos, cuasi expropiación, declarada ilegal recientemente. Y cargarse el libre mercado bajo el aura de la protección de la «ciudadanía» -no se puede decir ciudadanos a secas para no incurrir en sexismo- como si la exuberante legislación que adorna a nuestro país, y sus estamentos judiciales no fueran suficientes para protegernos, y necesitáramos de la tutela de estos jenízaros para poder sobrevivir a la invasión de las hordas que nos visitan.

Todos somos conocedores de las actitudes que muestran alguna gentuza -minorías, fundamentalmente británicos- que, bajo el manto del turismo de masas, viajan en un paquete que puede incluir, además de la borrachera y el desorden, el , otro palabro, y alguna que otra violenta bronca callejera bajos los efectos de las drogas o alcohol. Contra esos, es evidente, sólo cabe la ley aplicada sin paliativos. Ahora bien, si de lo que se trata es de invadir locales, edificios o viviendas, con dueño por supuesto, y apropiarse ilegalmente de ellos para crear un gueto de mugre ideológica bajo el manto de actitudes libertarias o anarquistas, entonces esa es bien mirada. Pero eso sí, que no sea con su casa, tal y como le ocurrió a Alfred Bosch, el edil de ERC en el Ayuntamiento barcelonés, que espetó por un ventanuco que daba al rellano de la escalera: ante uno de esos gentrificadores, que intentaba acceder a su vivienda de , para ocuparla ilegalmente y luego realquilarla por la jeta.

Hay otras palabras tales como , otro anglicismo del que se apropian estas nuevas castas, y que no es sino el intentar conceder poder a un colectivo, supuestamente desfavorecido, o lo que es lo mismo, a sus huestes y simpatizantes. Y debe ser por lo que, para no empoderar a la gente decente, la alcaldesa de Madrid, se ha resistido hasta el último minuto para rendir homenaje a Miguel Ángel Blanco, justificándolo con esos vericuetos hipócritas que utilizó, al afirmar que «supondría destacar a una víctima por encima de otras». Homenaje admitido in extremis con el gesto forzado, matizaciones mezquinas, y a regañadientes, del estilo al que nos tiene habituados esta edil y esa gloriosa tropa de concejales que la acompañan, incluido el apoyo de la desnortada minoría del Partido Socialista, en este y otros ayuntamientos con similar composición multipartidista.

En fin, tengo el sueño recurrente de vivir en un rodaje inmisericorde del planeta de los simios y su . ¿Será sólo porque se estrena otra secuela de esa saga en los cines?

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos