Circos con fieras

Circos
con fieras

DOMINGO GARCÍA-POZUELO

Hace no mucho falleció Pinito del Oro, una artista canaria a la que se la tenía en su tiempo por la mejor trapecista del mundo, y que actuaba en el trapecio balanceándose sin red, boca abajo y apoyada en la cabeza o sentada en una silla, sobre la barra, y con su marido en el círculo de arena circense para recogerla o amortiguar su posible caída, que, por cierto, tuvo lugar varias veces. Por otra parte- Alfredo Marqueríe fue un periodista y escritor, que entre otras pasiones tuvo la del circo y su entorno, y que defendió dicho espectáculo con denuedo, así como la pervivencia del histórico Price de Madrid, aunque con poco éxito, puesto que terminó siendo derribado en otra operación especulativa tan propia de esta España nuestra, que diría la recordada Cecilia.

Ahora se estila, en ayuntamientos y otras entidades, la prohibición del uso de animales en los espectáculos circenses, por aquello del maltrato animal, fruto de esta civilización tan exquisita con ciertas cosas y tan laxa con otras. Lo cierto es que cuando en mi infancia iba al circo instalado en la feria, el espectáculo con las otrora llamadas fieras: leones, tigres de Bengala, osos, entre otros, era sobrecogedor, por el exotismo de ver animales salvajes sometidos por un domador, que con chasquidos de látigo, muchos ensayos, y se supone que también por tener bien alimentadas a las bestias, conseguía dominar a las mismas y hacer que, al grito de ale hop, realizaran sus cabriolas por la arena circense. Claro que ahora si uno es adepto a los documentales de la sobremesa de la 2 la sorpresa ha perdido fuerza, hasta tal punto que parece que formáramos parte, por reiterado, de los rebaños de ñus y de su movimientos migratorios por el Serengueti, a sabiendas de que cuando cruzan el río Mara, los cocodrilos se meriendan a unos cuantos, y aquí paz y después gloria.

Desde luego Marqueríe, si viviera, podría seguir ejerciendo ahora, con total justificación, su apasionado trabajo periodístico sobre ese otro circo renacido en otras carpas, mucho más peligrosas que las de las fieras salvajes, o la de los ñus devorados por reptiles. Ahora el circo lo personifican muchos de los políticos que gestionan, es un decir, los asuntos de este país llamado España.

Y es que sufrimos tanto hastío en los últimos años, por soportar a estúpidos, inútiles, desaprensivos, iluminados, que se han dedicado a la política sólo para envenenar a la sociedad, para manipularla y para enriquecerse, que la representación circense parece que está más viva que nunca. Hay muchos payasos manipulando y creando ficciones y fricciones, afrentas imaginarias que arrastran a débiles mentales, que se prestan a un espectáculo donde se les abduce con paraísos imaginarios. Y tan es así, que el día en el que se malogró la DUI (que recuerda a un dispositivo anticonceptivo) los infantilizados ciudadanos que esperaban fuera del Parlamento catalán, enarbolando sus enseñas ante ese momento mágico de la República Catalana, demudaron en individuos llorosos, compungidos, hundidos, frustrados por no haber logrado esa independencia que hubiera vuelto maravillosa su vida, y en la que haberse reconocido como parodia de un paraíso perdido a lo John Milton. Y que ya se sabe, en ese edén primigenio, el demonio, a imagen de los caimanes del río Mara, somos los españoles que, mal alimentados, tenemos fruición por merendarnos a cualquier iluso. Y cómo no, a su maestro de ceremonias, Puigdemont, un aventado que ha huido mientras otros mediocres comparsas, que le secundaron en la sedición, se han visto desasistidos de su amado líder, que les ha abandonado en el trullo, lejos de ese circo del hambre que con tanto empeño han creado. Desde luego Pinito del Oro se habría arruinado en un espectáculo gestionado por estos pájaros, puesto que se habrían quedado no con el tres por ciento, sino con toda la recaudación de taquilla, dejando a la trapecista (y a su marido) sola, fané y descangayada, rememorando ese lunfardo cuyo origen más cierto es el de una jerga de delincuentes.

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