El cine sin fin

El cine sin fin

BERNARDO SÁNCHEZ

Si se quieren hacer un regalo, el regalo definitivo, para los ojos y para el espacio que existe entre estos y la pantalla del cerebro, que es donde realmente vemos, donde realmente se proyecta el mundo alrededor, donde el tiempo y el espacio ahuecan su cosmos, donde todo se imprime para ser sentido y comprendido, no se pierdan este martes, en la Filmoteca Rafael Azcona (Calvo Sotelo, 11), a las 20.15 h., el documental . Lumière son los hermanos Lumière, y su padre Antoine, y hasta su abuelo, Nicolas, al que apodaron Lumière porque se encargaba de encender y de apagar las velas de la parroquia de Ormoy. Lo de Lumière no fue nunca un patronímico común, sino un destino, una ascendencia. Y la aventura que comienza es la del cine; o, más propiamente dicho, la del cinematógrafo (), el término original, un crisol griego entre movimiento () y escritura (). Porque ésa era la idea: una nueva imprenta que escribiera con imágenes en movimiento. Hace ya muchas generaciones que damos por supuesto este fenómeno. De ser 'ciudadanos del cinematógrafo', como llamara Jean Renoir a sus contemporáneos, se pasó a serlo de la televisión, y luego del ordenador, y luego del móvil, y luego de la tablet, y... el primer niño o niña que nazca en 2018 adquirirá competencias audiovisuales antes de que lo desteten. Y su primer móvil, o lo que sea el dispositivo, tendrá más potencia que la que tuvo la mejor cámara cinematográfica o videográfica en todo el siglo XX. Hoy el 'modo cine' es una simple aplicación del móvil, como el 'modo avión'. Pero hubo un tiempo -consecutivo de siglos de búsqueda e ilusión- en el que sólo unas pocas personas en el mundo podían cazar la luz, fija o vibrando, con una caja de madera provista de un 'bujero' tapado por un cristal. Eran tipos que hacían 'fotografía' o 'cinematografía'. Dos formas de explorar la realidad. Y luego se ha visto que también de fabricarla. Eran a la vez científicos y aventureros, exploradores, sí. Como los operadores que los Lumière, al poco de comenzada la aventura, enviaron por todo el mundo para rodar y hacer rodar el mundo. la ha programado -mil gracias- el Cine-Club universitario «Cinexín». Con toda pertinencia, pues el Cinexín fue, quizás, la última reproducción del prototipo Lumière, y de su motor: la vuelta de manivela. Como proclamaba la publicidad del Cinexín: era «el cine sin fin». Esa infinitud consiste en que todo siga siempre girando, iluminándose y asombrando. Viendo se puede asistir a los primeros instantes de la infinitud de lo que se ha venido llamando 'cine'. Es una revelación que -paradójicamente- debe su calidad, alucinante, casi táctil, a una tecnología posterior a la foto-química: una restauración digital, que ha operado sobre 82 films, rodados entre 1895 y 1905, con el mimo con el que se interviene en la textura de un lienzo ajado o semiborrado. Thierry Frémaux, director del Instituto Lumière en Lyon, es el editor de esta auténtica epifanía, en lo estético y en lo genético, pues no es exagerado que las propiedades y posibilidades del invento ya estaban declaradas (y aclaradas, de ) en estas miniaturas que ahora se pueden ver con una luminosidad y limpieza incluso muy superiores a aquellas que eran posibles en el momento en que se realizaron y proyectaron. La restauración -convertida en todo un segundo nacimiento- ha desvelado la belleza natural de aquellas primerísimas impresiones. Por ejemplo, se puede ver con una proximidad y un dinamismo hasta ahora inéditos la que para mí es no sólo la mejor película de las casi 1.500 que filmaron los operadores de la casa, sino la más bella realizada por el cine: . Consiste en un travelling -a la vez que se estaba inventando, claro- que muestra a un grupo de niños habitantes de una villa de la Indochina francesa, que persiguen, movidos por una libertad y alegría sin igual en la Historia de las imágenes en movimiento, saliendo y entrando de campo, como jugando, y secundados por una gallina, a una cámara. Son sólo 58 segundos, pero su gozo y emoción me hacen literalmente llorar. La filmó en 1900, colocando la camarita en una especie de , Gabriel Veyre, uno de los más míticos camarógrafos Lumière. Baste de decir que fue el cámara particular de Porfirio Díaz, del Sultán de Casablanca y del emperador del Japón. es la película más hermosa e importante de los últimos 120 años. Cuando salgan, creerán que la han soñado.

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