¡Cigarreras de la literatura, uníos!

«La trasformación económica que supuso la creación en Logroño de la Tabacalera también traspasó la realidad social y llegó a la prensa y a la literatura española del siglo XX»

La importancia social y económica del colectivo femenino en las plantas fabriles de la Tabacalera en España se remonta casi a sus inicios en los siglos XVII y XVIII. Este sector económico, puntero en el desarrollo de la industria española, tuvo en las mujeres su principal mano de obra hasta bien entrado el siglo XX.

La sucesiva creación de diferentes centros tabaqueros (Sevilla, Cádiz, Coruña, Logroño, Santander, Alicante...) supone, más allá de la repercusión económica, una eclosión cultural que no solo se manifiesta en el folclore, en la pintura o en la música, sino también en la literatura, especialmente en la narrativa.

* Resumen de la conferencia que Jesús Murillo impartirá en el Ateneo Riojano mañana, jueves 8 de marzo, a las 18'30 horas

La cigarrera nace en Cádiz, no en Sevilla, pues es en la fábrica gaditana donde se comienza a elaborar el 'tabaco de fuma' (siempre elaborado por mujeres), mientras que en la planta de Sevilla se procesaba el 'tabaco en polvo'. El cambio del gusto de los consumidores del tabaco en polvo por el tabaco de fuma a finales del siglo XVIII y principios del XIX hizo que la factoría de Cádiz quedase obsoleta para atender la demanda, por lo que el centro de Sevilla comenzó a producir cigarrillos aumentando su plantilla y contratando mujeres a semejanza de la fábrica de Cádiz.

El empleo de las mujeres en las fábricas de tabacos no responde a la creencia popular de que estas estén mejor preparadas para un empleo manual y artesano, sino a la necesidad de encontrar mano de obra barata y de poco ánimo reivindicativo en lo que atañe a sus condiciones laborales. Estas premisas se cumplen en parte, ya que mientras sus sueldos son ínfimos, pronto arraiga en las cigarreras un sentimiento de clase y de grupo unido que no duda en levantase y protestar en pos de mejorar sus condiciones laborales, sobre todo a partir de finales del siglo XIX y a lo largo de los años veinte y treinta del siglo pasado, cuando la mecanización irrumpe en las tabacaleras y reduce puestos de trabajo.

El carácter fuerte y luchador de estas mujeres está presente desde los inicios de la historia manufacturera del tabaco: antes de la industrialización, la cigarrera también lucha por sus derechos; sin embargo, la eclosión laboral de la mujer en Sevilla fomenta una imagen muy peculiar: cientos de muchachas jóvenes con mantón sobre los hombros, pelo recogido en rodete y abanico en mano pueblan las inmediaciones de la planta de Sevilla, un espectáculo para propios y visitantes que, unido al fuerte carácter de estas mujeres, forja un mito literario.

El punto de partida del motivo de la cigarrera en la literatura es la Carmen de Prosper Mérimée, mito romántico por excelencia de la mujer andaluza. Desde la obra del autor francés, el mundo que rodea a Carmen es cultivado por los autores europeos en una corriente narrativa denominada «literatura de viajes»: diarios, noticias y recuerdos de los viajes de autores como Jules Claretie, Vilhelm Löwinstein, Richard Ford, Edmondo de Amicis o Pierre Louÿs, quienes reflejan en sus obras el folclore que rodea a las cigarreras y llegan incluso al relato erótico como en el caso del último de los autores mencionados.

Asimismo, mientras la literatura europea ancla el universo de las cigarreras en el costumbrismo y en folclore hispánico, los autores españoles hacen evolucionar a la Carmen de Mérimée hacia una órbita más social, reflejando el cambio real que el colectivo de las cigarreras sufre: revueltas sociales, conciencia de clase, lucha obrera... En definitiva, Carmen deja de ser un mito y se convierte en mujer. Títulos como La hermana San Sulpicio, de Armando Palacio Valdés, o La Tribuna, de Emilia Pardo Bazán, recogen el ambiente de incipiente mecanización de las fábricas españolas de finales del siglo XIX y la repercusión que ésta tuvo en su vida a través de Rosa y Amparo, protagonistas de las novelas mencionadas. Junto a ellas cabe no olvidar la figura de Luisa Marín: cigarrera, feminista y ateneísta, que luchó por sus derechos y los de sus compañeras en el Logroño de entreguerras como otras muchas en toda España.

La trasformación económica que supuso la creación en Logroño de la Tabacalera también traspasó la realidad social y llegó a la prensa y a la literatura española del siglo XX. Ejemplo de ello es el poeta L. Martínez Pineda, quien dedica en 1906 una sentida poesía a estas mujeres de las que subraya su espíritu trabajador y su recto estilo de vida: «Por eso con amorosos/ fervores mira a la fábrica/ pues sabe que es el templo/ de donde sus dichas manan, [...] Algún timorato dice/ que es algo despreocupada [...] ¡Mentira!... No le preocupa/ del mundo la indigna farsa».

Finalmente, Paulino Masip dedica en 1928 una de sus 'estampas' a estas mujeres, libres y emancipadas que, según sus palabras, ya no solo se liberan de las paredes, sino «también del uniforme». Sirvan estas líneas para dedicar un pequeño homenaje a la cigarrera logroñesa, sevillana y universal cuyo símbolo ha trascendido de la vida diaria a la literatura como una mujer fuerte, independiente y libre.

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