Cierre en falso

ETA se empeña en intentar blanquear su historia y en no reconocer su sangriento fracaso

La carta que ETA remitió el pasado 16 de abril a los «agentes sociales» que habrían acompañado estos últimos años a la banda terrorista para llevar a efecto su disolución apunta a que tal decisión atiende a los requisitos avanzados por el lehendakari Urkullu: unilateral (y por tanto incondicionada), efectiva (en tanto que vinculante para el conjunto de la trama), y definitiva (sin posible vuelta atrás). Claro que el precio que la banda terrorista trata de cobrarse a cambio es muy alto: el lavado de su infame trayectoria mediante la implantación de un relato que presentaría su desaparición como la culminación de una historia de terror a través del cambio estratégico operado por la izquierda abertzale en su conjunto. Cualquier cosa menos admitir su sangriento fracaso. Esa retórica de consumo interno no es inocua para la memoria colectiva porque presenta a ETA como una organización perdurable, que habría optado por mostrarse magnánima al pasar el relevo de la resolución del supuesto 'conflicto' en el que ha justificado su voracidad asesina a esos mismos «agentes» a los que hace dos semanas envió su equívoca carta de despedida. ETA se empeña en blanquear su historia reescribiendo la historia de todos. Gestando un argumentario insostenible para explicar incluso a los suyos por qué desaparece. Evitando reconocer su clamoroso fracaso y que el mito de su imbatibilidad se vino abajo cuando, junto al creciente rechazo ciudadano, la acción del Estado de Derecho y la colaboración internacional condujeron a su declive sin remisión. Eludiendo admitir de manera expresa que su tiempo comenzó a apagarse cuando las instituciones democráticas y la sociedad a la que representaban le negaron una mínima legitimidad para negociar en términos políticos en nombre de un pueblo que, en realidad, trataba de emanciparse del terrorismo etarra. En su 'carta' a quienes parecen haberle facilitado su final, ETA reconoce que éste pudo producirse mucho antes. Pero lo hace como una argucia retórica para transferir a los demás la responsabilidad de que el terrorismo organizado haya llegado hasta nuestros días. La continuidad de la trayectoria etarra ha obedecido siempre a un activismo sectario, excluyente hasta el extremo de eliminar físicamente a los discrepantes, contando con la complicidad de quienes a su derredor se encargaban de justificar lo injustificable.

DELATAR EL MAL. La escenificación programada para hacer de su final una reivindicación de su pasado está pensada con el ánimo de autoconcederse una indulgencia infinita a través de la exoneración colectiva sobre los males causados, que son reconocidos en estas últimas declaraciones de ETA de una manera que ni alcanza a ser formal. Ayer mismo familiares de víctimas e intelectuales se hicieron eco de los deudos de muchos asesinados por la banda terrorista al recordar que la memoria de 358 de ellas ni siquiera cuenta con un señalamiento de sus victimarios directos. En su carta, ETA insiste en consagrar la existencia de un supuesto conflicto no resuelto entre Euskal Herria y España como su razón de ser hasta el momento. Insiste en subrayar tal conflicto como motivo de su propio legado. De su pretendida generosidad para devolver a los ciudadanos vascos un protagonismo que dice haber recibido de ellos. Porque la ETA que desaparece dice confiar en el compromiso ciudadano para hacer realidad los objetivos que perseguía. En tanto que se sienta autorizada para describir su final justificando su andadura, el País Vasco estará sujeto a una conllevanza exigua, presa de un pasado tan ensombrecido que nunca dejará que entre la luz necesaria para que delate el Mal.

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