Chaves Nogales, un periodista

Chaves Nogales,  un periodista

«Chaves no era ni revolucionario ni reaccionario. Vituperado por unos y otros, pagó con su exilio el precio de su libertad. Su pecado fue ser demócrata, antes, durante y después de la guerra. El resultado personal: siempre incomprendido»

Ha recuperado felizmente cierta actualidad la figura y obra de Manuel Chaves Nogales, apreciado director del diario 'Ahora' en los años 30. Periodista intelectual, culto, demócrata, español y un tanto apartado de los circuitos habituales.

«Andar y contar es mi oficio». Así se definía este reportero de raza. Desde su sólida atalaya intelectual y ética, recorrió hasta su final el compromiso con los auténticos valores del periodismo y del hombre.

Anduvo la Europa de entreguerras con su lucidez y valentía democrática como principales estilográficas.

En los tiempos en los que el papel de periódico reflejaba los siniestros excesos comunistas y los sangrientos abusos nazis, se estremeció y denunció con la misma honestidad cualquier horror venga de donde venga.

Aborrecía de los revolucionarios y de los reaccionarios. Todo un alegato vital frente a las pobres trincheras ideológicas de cualquier totalitarismo.

Su corta vida (44 años) fue un constante ejercicio de coherencia desde la equidad pero nunca desde la equidistancia. Persona cabal y de arraigado compromiso con la verdad.

A mi entender, sin pretenderlo, constituye un ideólogo de la política con mayúsculas: la concordia.

Tuvo tiempo en su trayectoria de acudir en el convulso 1934 a La Rioja para presenciar y relatar aquellos episodios que sacudieran algunas localidades de nuestra tierra. Dejó escrito una descripción de los entonces revolucionarios: «Siendo capaces de todo no vieron manera de hacer nada». Atronadora sentencia literaria que define esa cainita conducta tristemente arraigada en España.

Dedicó también tiempo y líneas al consabido asunto catalán: 'Qué pasa en España' fue el título que ocupó sus reflexiones. La figura de Juan Belmonte fue otra de sus creaciones literarias. Sin embargo, el libro que marca la síntesis de su obra es 'A sangre y fuego', memorable compendio de relatos sobre la Guerra Civil y cuyo prólogo es digno de leerse en colegios y parlamentos porque define las reglas de la convivencia democrática, las consecuencias de los excesos totalitarios y por ende, los principios de un siempre necesario contrato social. Resumía Chaves: «Tanto o más miedo tenía a la barbarie de los bandidos del Tercio y asesinos de la Falange, que a la de los analfabetos anarquistas o comunistas».

Chaves no era ni revolucionario ni reaccionario. Vituperado por unos y otros, pagó con su exilio el precio de su libertad. Su pecado fue ser demócrata, antes, durante y después de la guerra. El resultado personal: siempre incomprendido.

El infortunio de Chaves, es en cierto modo el infortunio de esa inmensa mayoría de españoles que nunca estuvo en bando alguno, sino que legítimamente aspiraba a vivir o sobrevivir entre las tinieblas del fundamentalismo.

Esa es la gran mayoría que inmortaliza Blas de Otero y que el propio Chaves definía como la «Tercera España, inmensa y silenciada».

Sirva esta breve semblanza para recordar el pensamiento profundo de tanta gente que sin expresarlo, compartía la actitud de valentía de quien no añora trincheras sino que aspira a la libertad del campo abierto.

Hoy estos pensamientos adquieren una especial dimensión, son los principios que deben cimentar el cotidiano ejercicio de concordia que nunca es gratuita sino que costó y mucho. Y precisamente por suponer una conquista memorable, debemos emplearnos en preservar lo que a todos pertenece y a todos enriquece.

Estas reflexiones enmarcan lo que conforma un contrato social en el que el ejercicio de los derechos cobra sentido sólo desde la asunción de responsabilidades. Y cuya combinación forma algo así como la justicia o la equidad que decía Chaves. Sabios consejos de un periodista que comprendió su tiempo aunque recibiera la incomprensión de todos los que clamaban por la convivencia pero sin practicarla.

Certeras reflexiones muy aplicables también hoy en esta España de encrucijadas, vaivenes y desafíos.

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