Celos y colas

FERNANDO SÁEZ ALDANA

Además de apetito sexual animal, cinta adhesiva por un lado y (en plural) sospecha de infidelidad amatoria, la palabra «celo» significa también «cuidado, diligencia interés y esmero con que una persona lleva a cabo sus deberes o lo que tiene a su cargo». Un celoso de su trabajo es quien lo realiza con la máxima responsabilidad, eficacia y calidad, o sea profesionalidad, sin valorar el tiempo empleado, que es meterse en el resbaladizo terreno de la eficiencia y la productividad.

Es ley fundamental del mercado que si la demanda supera a la oferta se producirán demoras para obtener el bien o servicio. Y la que se dice ahora de la demora es la cola, término que además de rabo, sustancia adhesiva y apéndice de algo define a la fila de personas esperando turno.

Al grano. En los controles de seguridad de los aeropuertos asombra el poco tiempo que los escaneadores de equipajes de cabina dedican a examinar las tripas de cada bolso, mochila o trolley. ¿Cómo pueden saber lo que contienen en menos de cinco segundos? Sospecho que tal control es una filfa, un trámite obligado que se despacha a toda prisa para evitar que los pasajeros pierdan el avión. Pero resulta que, antes de declarar el paro como Dios manda, los encargados de esta tarea en el aeropuerto de Barcelona decidieron realizarla durante semanas «con más minuciosidad», es decir mejor y por tanto, se supone, ofreciendo más seguridad. Lo escandaloso del caso no son las largas colas de pasajeros desesperados y cabreados que se forman, sino que los operarios hagan mejor su trabajo como medida de presión a su empresa. Muchas de las mal llamadas «huelgas de celo» evidencian esa perversión laboral ocasionada por la adjudicación de tiempos insuficientes para ofrecer un buen servicio como respuesta a una demanda excesiva. Otro ejemplo, más cotidiano que volar: si su médico generalista o especialista dedicasen al interrogatorio y exploración de cada paciente el tiempo que exige la buena práctica, difícilmente podrían atender a más de diez en toda la mañana. Pero sólo disponen de los escasos minutos resultantes de dividir su tiempo por el número de pacientes que le hayan citado, y la consecuencia es un simulacro de atención, un acto de mala praxis institucionalizada en la que el médico suele defenderse prescribiendo tratamientos ineficaces o solicitando costosas exploraciones innecesarias. Una huelga de celo médica sería tan beneficiosa para la salud de la población como para las arcas del Estado. Pero la gestión sanitaria nunca se guía por criterios eupráxicos sino políticos y prefiere que se atienda mal a los pacientes a que esperen y protesten, ya que la mala praxis no se visibiliza como las demoras. Los empleados de Eulen lo sabían bien: «Si hay colas, todo está ganado». Y hala, a tocar pelotas.

Fotos

Vídeos