Cataluña: ¿Se puede hacer peor?

ALONSO CHÁVARRI

Vaya por delante: me parece que el nacionalismo ha sido la plaga bíblica de la humanidad. Sin necesidad de remontarnos en la historia, que está plagada de desastres ocasionados por el nacionalismo, solamente desde el siglo XX, el nacionalismo ha sido culpable en Europa, en mi modesta opinión, de dos guerras mundiales, de la guerra de los Balcanes, de la guerra de Ucrania, de la guerra de Bosnia, de la guerra de Kosovo y de alguna guerra civil más -algunos también incluirían nuestra Guerra Civil-; y, si seguimos así, llevamos camino de llegar a la guerra de Cataluña.

El nacionalismo suele revestirse con una piel de ética -el nacionalismo catalán, además, se reviste con un aura de pacifismo- que es sólo aparente, pues lleva años utilizando casi cualquier método para conseguir sus fines: dan una versión de la historia, incluso en algunos libros de texto, que no resiste un análisis serio; algunos utilizan su nacionalismo para enriquecerse de forma ilícita, aunque esto, desgraciadamente, no es patrimonio exclusivo del nacionalismo; apartan y señalan a quienes no piensan como ellos; no dudan en utilizar y adoctrinar a los niños, como se vio en el pseudoreferendum, etc., etc. El «todo vale» para conseguir sus fines tiene su máxima expresión en el eslogan: «España nos roba», cuando podrían saber, si miran bajo sus alfombras, quién es quien realmente les roba.

Dicho esto, creo que los gobiernos de los últimos años no han podido llevar peor el tema de la independencia de Cataluña. Si han conseguido que se duplique el número de independentistas, es porque han hecho las cosas de la peor manera posible, no sé si por dejación de funciones o porque esa casi evidencia de que lo que pase más allá de las siguientes elecciones no importa demasiado a los políticos; además, han caído en todas las trampas que les han tendido los independentistas: la utilización de la fuerza policial para, encima, no impedir el referéndum, es el ejemplo de cómo el gobierno español ha caído en la trampa, nada sutil, del independentismo, que ahora se estará frotando las manos viendo la reacción del mundo.

Después de los incidentes del uno de octubre, si una cosa ha quedado clara es que, tanto los dirigentes de la Generalitat como los del Gobierno de España, han quedado inservibles como interlocutores para intentar solucionar el problema, fundamentalmente por su probada inutilidad.

No se ve un panorama alentador en el problema catalán, que seguramente esté abocado a un referéndum con todas las garantías, antes o después, pues no veo por ningún lado esa personalidad política capaz de poner de acuerdo a tirios y troyanos; un referéndum, desgraciadamente, vinculante que pondrá ante nuestros ojos la aterradora posibilidad de que Cataluña se vaya de España. Sólo espero, si llega ese momento, que no se celebre dicha consulta hasta que se haya pactado quién va a pagar las pensiones catalanas y quién va a quedarse con la parte proporcional de la deuda, porque una cosa es ser bueno y otra cosa es ser tonto. Además, debería vetárseles en todas las instituciones internacionales, porque si no somos buenos para seguir juntos en España, tampoco lo somos para seguir juntos en Europa.

Y no debería nadie olvidar, especialmente los independentistas, las palabras de Spinoza: «Peca un pueblo cuando hace o permite que se hagan cosas que pueden redundar en su ruina». Y los independentistas hace tiempo que están pecando, porque caminan, sin prisa y sin pausa, hacia la ruina de Cataluña.

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