CATALUÑA, ¿DÉJÀ VU?

MARCELINO IZQUIERDO - EL CRISOL

(George Orwell).

Cuando Josep Tarradellas, el primer presidente de la Generalitat catalana tras el franquismo, regresó del exilio a la barcelonesa plaza de Sant Jaume, pronunció una frase histórica: «¡Ciutadans de Catalunya, ja sóc aquí!». Desde el principio, Tarradellas defendió la cultura catalana desde posiciones alejadas del independentismo y abogó por los derechos culturales y lingüísticos de los castellanoparlantes; estaba convencido de que Cataluña debía ser autocrítica e integrarse en el resto de España. Es más. Alejado ya de la política activa, el ex 'mol honorable' no tuvo pelos en la lengua a la hora de des-enmascarar al virrey Jordi Pujol: «La gente se olvida de que en Cataluña gobierna la derecha; que hay una dictadura blanca muy peligrosa, que no fusila, que no mata, pero que dejará un lastre muy fuerte». Y tanto. Fue todo un vaticinio en 1985.

Décadas después, el sustrato segregacionista que imperaba en algunas capas de la sociedad catalana ha ido trasmutando en odio hacia todo lo que suene a español. Este rencor, además, lleva lustros retroalimentándose con cierto patrioterismo centralista, tan rancio como dañino, que emana del tacticismo político engendrado en la era Aznar.

Y mientras Puigdemont sigue en su papel de marioneta de ERC y los anticapitalistas de la CUP actúan alineados junto a la burguesía catalana, el dinero -que nunca se equivoca- tiene muy claro que nada ocurrirá el 1 de octubre: la inversión extranjera superó los 5.000 millones de euros en el 2016 y subiendo este año.

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