La casa Rusia

La casa Rusia

BERNARDO SÁNCHEZ

No se me va de la cabeza una fotografía, la del semisótano donde el 17 de julio de 1918 fueron asesinados Nicolas II, su mujer, sus hijos y varios de sus fieles: casa Ipátiev, en Ekaterimbugo. Supe de ella en una extraordinaria Exposición que el Museo Ruso de Málaga está dedicando actualmente a la familia Románov. Estos días es frecuente verla reproducida con motivo del centenario de la revolución de octubre, que de roja, por cierto, ha desteñido en rosa con el estreno en Rusia de la película , el del zar con la bailarina Matilda Kshesinskaya, y que ha derretido hasta los chuzos de la catedral de San Basilio. En pocas ocasiones, una estancia de apenas 5x6, la de Ipátiev, vacía, muda y gris se revela -cuando se conoce el contenido de su caja negra- más enorme, más habitada, más horrísona y más roja (del rojo sangre en este caso). La fotografía es lapidaria, materialmente: una pared en la que han quedado impresos los disparos que se realizaron contra el zar y los suyos; boquetes rebordeados por la huella de las detonaciones y rasgados en los posteriores actos de violencia a quemarropa ejercidos contra los cuerpos. A lo que hay que añadir el propio abandono de la casa tras el crimen. La fotografía está perfectamente reencuadrada. Coinciden los límites de la placa y los de la habitación. Es un teatro, clavado. Parece, de hecho, como si se hubiera acribillado a balazos la escenografía de y luego alguien hubiera rajado su forillo para ver qué había dentro de ese mundo de samovares plateados e iconos bizantinos. O como cuando el artista José Manuel Ballester vacía el cuadro de los fusilamientos del 3 de Mayo de Goya y no queda más que el farol en el suelo, el rastro de sangre y la noche al fondo: el paisaje del drama sobre el que el espectador habrá de insertar las figuras, sus fantasmas, sus gritos, quizá sus súplicas. Es aún más doloroso que la reproducción literal de la escena. Una fotografía como la de Casa Ipátiev, de autor anónimo, más allá del juicio histórico o de la ciencia política o de cualquier otra consideración ideológica, nos pone delante de una verdad incómoda: la Historia es una zona cero, abierta en canal. Un vaciado, un abandono. De la que, como mucho, cabe levantar un atestado. Y no hay capítulo de la Historia que se pueda substraer a esta inclemencia. La Historia -aunque su relato en produzca a veces la sensación de discurrir sobre un guión prefijado- es accidentada, atropellada, reversible y obscena en ciertos detalles. La Historia, en fin, se puede contar, pero es inconfesable. Y una revolución puede convertirse en su formato más paroxístico, comprimido y traumático; por más que, una vez retirados los cadáveres y adecentado el local, se idealice o pase a formar parte de un museo romántico. Es incluso muy frecuente que la revolución lleve incubada, de fábrica, su propia involución. Algo que se descubre , cuando se hace el , pero no en tiempo real, claro, ya que en el trance de asaltar los cielos, se forma un lío del carajo, entre Eisenstein y los Hermanos Marx de Freedonia. Y así, sucede que causas loables han acabado empedrando el infierno en el que han desembocado sus revoluciones respectivas. En los pliegues de una revolución -y no se libran ni aquéllas que, por unas u otras razones, pudieran provocarnos simpatías (yo aprecio en algunos revolucionarios de salón que la simpatía es mayor cuanto más lejos queda la revolución) se producen episodios que no querríamos conocer. Las revoluciones, de cualquier signo, sólo mediante la coartada del tiempo, la suficiente distancia, compromiso ninguno y sin responsabilidad directa en los hechos acaecidos -hechos de los que, en especial alguno, por revolucionario que resultara, nunca querríamos ahora hacernos cargo (de conciencia)-, sólo entonces, digo, pueden ser evaluadas en abstracto. Respecto a la Rusa de 1917, yo lo más cerca que he estado en un . Pero en concreto, sigo conmovido, por el teatro del espanto en que consiste el agujero negro de la Casa Ipátiev. El horripilante, vesánico, asesinato de los Románov. En el vacío de la fotografía se ve, sale, se oye todo. Y a todos. Al verdugo Yurosky dando órdenes, al resto de ejecutores, a los miembros de la familia primero fusilados y después rematados a bayoneta calada, pues en el caso de las mujeres, las joyas habían servido de 'detente bala'. Es, para más , esta estampa de la Casa Ipátiev, la fotografía de una fotografía que nunca se produjo: la noche del 17 de julio, Yurovski les dijo a la familia Románov que se vistieran elegantemente para ir a hacerse una fotografía.

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