Amo de casa

FERNANDO SÁEZ ALDANA

A medida que te vas quitando como puedes del trabajo que te ha ocupado fuera de casa durante cuarenta y dos años, currando muchos días media jornada (o sea doce horas), parece natural pero sobre todo inevitable ir asumiendo poco a poco las tareas domésticas a las que hasta ahora apenas te habías dedicado, así que hace unos meses me matriculé en un curso práctico para hombres domésticamente inútiles que imparte la Escuela Oficiosa de Labores del Hogar.

Aunque me convalidaron 'marías' como Hacer la Cama, Poner y Recoger la Mesa, Fregotear los Cacharros, Tirar la Basura o Pasar un Poco el Aspirador, me aguardaban las asignaturas más gordas del currículo doméstico: Compra, Cocina, Limpieza y Ropa. Niños ya lo aprobé hace muchos años, Perro no tenemos y como aquí Chapuzas y Mantenimiento siempre fue como el Soberano cosa de hombres, pues me too lo que puedo.

Compra es durilla. Ya no se trata de ir algún sábado al súper con una lista otorgada de las cosas que tienes que pasar de las estanterías al carro. No. Antes hay que Pensar el Menú, una tarea ingrata que exige escoger frutas, verduras y hortalizas frescas, tajadas de carne y hasta peces crudos, que no es ninguna tontería. En la primera clase práctica de Pesca hice el ridículo recriminando a la pescadera por pesarme de más la dorada después de hacerle la autopsia y decapitarla. Aún estarán partiéndose de la risa.

Con respecto a Cocina, mis habilidades culinarias se limitaban a aliñar ensaladas, pelar, cortar y freír patatas y cuajar tortillas francesas con trocitos de algo. Pero voy progresando: ya estoy en primero de Horno y Verdura, segundo de Pasta y Tortilla de Patata y pronto le hincaré el diente a Arroz, Olla y Guisos y Cocidos. Palabras mayores.

En cuanto a Limpieza, ya tengo medio aprobadas Cristales, Fregado de Suelos, Lavavajillas, Aspirador y he sacado un notable en Chimenea. Pero con Ropa he tropezado con un escollo insalvable. Tras progresar adecuadamente en Lavadora (cursillo de Quitamanchas Prelavado incluido), Secadora, Tendido y Recogida, llegó el turno de la peor asignatura de todas: Plancha. Reconozco mi prejuicio contra esta tarea. ¿Qué más dará que una camisa, un pantalón y no digamos unos calzones estén arrugados mientras estén limpios? Planchar es una tarea tan penosa como innecesaria, una servidumbre doméstica de las peores con el agravante de obedecer a una estúpida convención estética: que la arruga es fea, a pesar de aquel eslogan contrario.

En la primera clase de Plancha supe que nunca aprobaría tan odiosa materia. Que seré uno de esos estudiantes incapaces de acabar la carrera porque se les atragantó una asignatura, aunque me temo que ello no me privará del título de Señor Domesticado que permite ejercerla. No me quejo porque estoy alcanzando el sueño de mi vida: teletrabajar (¿no llaman así a currar en casa?), aunque sea sin sueldo ni derecho a huelga. Es lo que tiene ser un amo de casa y no el amo de la casa.

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