Vamos a la periferia

GERARDO VILLAR

Me doy cuenta de que en la periferia de la ciudad están los presos, los enfermos mentales, los toxicómanos en su proyecto de recuperación, los enfermos hospitalizados, los centros educativos especiales, la mayoría de residencias de mayores, los transeúntes...

Sin duda que no está hecho para apartarlos de la ciudad y de sus habitantes. Pero resulta extraño porque sin quererlo nos desligamos de ellos. Hacemos una ciudad «sana». Pero a ellos les resulta muy difícil integrase en la vida ciudadana. Han de salir de sus centros y bajar a la ciudad. El visitarlos supone un desplazamiento. ¿Cómo será una ciudad con todos esos centros integrados en la vida cotidiana de los ciudadanos?

No lo sé, pero veo que muchos de ellos necesitan nuestra compañía, nuestra conversación, nuestra amistad. Los necesitamos entre nosotros. Mientras pueda ser, están mejor con nosotros y gran parte de su curación depende de nuestro cuidado y cercanía.

Es cierto que cogemos el autobús para acercarnos, pero se requiere voluntad expresa de hacerlo. No es encontrarlos al salir normalmente a las compras, a pasear.

Claro que las grandes superficies comerciales también las colocamos en las afueras. Pero ahí no se trata de personas sino de objetos. Son los pueblos pequeños donde se da mayor intercambio y relación y qué bien están las personas sanas y enfermas, todas juntas.

Igual podemos pensar en una ciudad distinta donde todos estemos mezclados. Porque lo que cura es la humanidad, el roce, el encuentro, la amistad. Y estamos todos mezclados: sanos y enfermos, con mente privilegiada y escasa de inteligencia, personas de conducta intachable y otras con fallos de comportamiento, jóvenes, niños y ancianos. Lo de la manzana podrida que pudre a las demás, eso se da en la fruta. Pero en las personas, la bondad, la salud, el amor contagia y cura a los demás. Y sana con el encuentro persona a persona.

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