Vamos a llamarlo dignidad

MANUEL PÉREZ PARDAL

Es temprano, de madrugada y un hombre emerge de los cartones. Es un hombre cualquiera, un , un nadie. A ese hombre las cosas le iban medianamente bien hasta que de repente se le torció la vida, un simple traspiés y hala, lo echaron del trabajo (la crisis). No rebuscaba en los contenedores de basura el pan nuestro de cada día, ese pan de molde y caducado que desdice el dicho «al buen hambre no hay pan duro». Sabe que en el comedor social de la cocina económica estará calentito y tendrá su manduca (comida, sustento, alimento). Bendito ese pan nuestro de cada día que llevarse a la boca que la subvención municipal entiende como dádiva o caridad.

El de hoy en día tiene trabajo (muy precario), paga el alquiler de la vivienda, el consumo de las bombillas y poco más. Acude con un tupper al comedor social de la cocina económica donde al amparo de Sor Julia o Sor Cristina recibirá su ración y no sólo para él sino para sus hijos, «la ventaja del pobre es que tiene el estómago pequeño».

Digo esto, porque la mayoría de los políticos andan en soliloquios a viva voz convirtiendo cualquier cumplimiento social en un gallinero parlamentario.

Si Sor Julia o Sor Cristina o cualquier voluntario social hiciera un llamamiento al cumplimiento de ayudas aprobadas en ambas cámaras ( parlamento y ayuntamiento), ¿el señor consejero les llamaría anti sistema? ¿Situaría a los voluntarios y gestores de la cocina económica en un concepto político? Cuando se busca el bien para el vecino, para el ciudadano, para el ser humano, hay un compromiso con la educación y con el auténtico patrimonio, el respeto al común.

Vamos a llamarlo dignidad.

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