Trabajar o pedir

JOSÉ LUIS ESTEVE

No me resisto a contarle una vieja historia familiar, que ya tiene casi un siglo de vida detrás. Mi abuelo tuvo un accidente al querer subir a un tren casi parado, que le supuso perder las dos piernas, quedándole unos muñones muy cortos y la mitad del brazo derecho. Estuvo en un hospital comarcal casi un año y con él mi abuela embarazada de seis meses de mi madre. Las autoridades les ofrecieron un estanco en Cuenca, pero mi abuelo se negó. Quería seguir en su pueblo y trabajando en lo suyo, la venta de ganado. Mi abuela montó en su casa una pequeña tienda donde vendía de todo y mi abuelo subido en su carro la ayudaba cuanto podía llevando y trayendo mercancías y vendiendo por los cortijos y pueblos cercanos, como un chamarilero.

La anécdota es que estando mi abuelo en Valencia, sentado en la estación de un «trenet» que iba a la playa de la Albufera, con sus dos patas de palo y sus dos muletas, pasó por allí la mujer del gran escritor Blasco Ibáñez y al verlo así le dio un duro de plata. Mi abuelo con mucha educación le dijo: «Señora, yo no pido, yo trabajo» y se lo devolvió. La mujer se quedó pasmada.

Con esta historia presente, me duele ver ahora mucha gente con piernas y brazos y buena salud, que dicen lo contrario que mi abuelo: «yo no trabajo, yo pido». Y no es que sean malas personas, pero esa miseria moral del llamado «estado del bienestar», los ha estado machacando tanto que tienen «todos los derechos y ninguna obligación», que ellos se lo han creído y así estamos.

En la sección Tribuna de Opinión del pasado martes, 22 de agosto, se publicó un artículo titulado 'Invisibles trabajadores anónimos' con la firma de Pedro Zabala cuando, en realidad, se trata de un texto de Leonardo Boff.

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