Sobre el Teatro Bretón

SANTIAGO ALONSO VIGUERA

Cuando mi hijo mayor, que reside en una gran ciudad de centroeuropa, retorna a Logroño, además de experimentar la alegría por la vuelta a su tierra, suele comentar que una de las carencias que más nota es la de una oferta más completa de actividades culturales. Yo le digo que no es así, que para una ciudad como la nuestra, el hecho de contar con establecimientos como el Museo Provincial, la Casa de las Ciencias, la Sala Amós Salvador, el Palacio de Congresos, la Biblioteca Pública y otros de menor entidad, permite cubrir la oferta cultural que cualquier ciudadano de estas latitudes pueda demandar. Pero, sobre todo, le digo, tenemos el que pudiera considerarse como el buque insignia de todos ellos: el Teatro Bretón. Un teatro que, desde su reconstrucción en el año 1990, viene siendo considerado por los logroñeses y por los propios artistas que en él intervienen como sinónimo de calidad y seriedad. Y puedo dar fe de ello al haber acudido a más de 200 representaciones desde aquel Rigoletto de mayo de 1998, hasta la reciente actuación de Luar Na Lubre.

Sin embargo (siempre hay algún pero), aunque sean cuestiones de tono menor, habría que corregir algunas cuestiones básicas; unas inherentes al propio teatro y otras referidas a los espectadores. Vayamos con lo primero: no puede entenderse cómo, de manera sistemática, se retrasa el inicio de las representaciones entre cinco y diez minutos. Ese margen de cortesía es una deferencia al espectador impuntual, pero para los puntuales es una afrenta.

La segunda cuestión se refiere al comportamiento de algunos espectadores. Y me explico. Durante la actuación de Luar Na Lubre ocupé un palco del segundo anfiteatro, desde donde se divisa a la perfección casi todo el patio de butacas. Pues bien: a lo largo de las dos horas que duró la intervención, en no menos de una decena de ocasiones los acomodadores de sala tuvieron que llamar la atención a espectadores con sus teléfonos móviles encendidos, no paraban de consultar, ellos sabrían qué. La molestia para quienes estamos sobre ellos, y qué decir para los propios artistas sobre el escenario, es insufrible. Entiendo que, además de la advertencia sobre lo irrespetuoso de su proceder, habría que establecer algún tipo de medidas coercitivas para que esto no vuelva a suceder. No sea que nos encontremos con actitudes como la de aquel director de orquesta que en medio de la ejecución de un pianísimo, se vio interrumpido por el móvil de un irrespetuoso. Cólérico, y con razón, dio por finaliza la representación, abroncando al infractor.

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