Silencio

JOSÉ RAMÓN MONGE UGARTE

En el hogar de jubilados de mi pueblo se ha colocado un letrero que viene a decir «...que se hable en voz baja, que no se grite... por favor». Es decir, se reclama silencio para poder disfrutar de la lectura de un periódico, de una charla amena con el hijo del pueblo que ha vuelto por vacaciones, de unos vinos tomados en cuadrilla,etc. Sí, somos un pueblo bullanguero, sanguíneo, tumultuoso y dado a la discusión violenta aunque ahora no llegue la sangre al río. Hasta los chiquillos en la Plaza Mayor del pueblo se entienden a grito pelado, sobresaltando muchas veces a los ancianos que vegetamos -ay- por plazas y calles.

Sin embargo, hay unos lugares, afortunadamente, en los que se goza del silencio porque allí se va a trabajar, a estudiar, a leer serenamente un libro, una revista o un periódico. Son las bibliotecas públicas o centros culturales de que gozan las capitales de cierta entidad. Da gusto verlos llenos de jóvenes que tienen que preparar sus exámenes, su licenciatura o lo que sea. O que usan/usamos los ordenadores para estar al día de las noticias o para las mil cosas que nos ofrece el mundo digital al que, por cierto, tanto nos cuesta llegar a las gentes de mi generación. Son una riqueza esos lugares que visito con relativa frecuencia y en los que encuentro la calma necesaria para ordenar mis ideas. Agradecido, pues.

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