El show no debe continuar

JUAN ANTONIO SAINZ

Una ley no escrita de las gentes del espectáculo dice que el show debe continuar pase lo que pase. Lo entiendo y lo alabo; más aún sabiendo que la tradición hace que estos profesionales pongan por delante de sus circunstancias personales, por penosas que sean, el interés del público. Y les honra que lo valoren por encima de todo. Hay en ello gran vocación y un enorme ejemplo de servicio para quienes pensamos que la cultura, antes que un bien, es un derecho.

He visto a artistas actuar enfermos, o con familiares recién fallecidos... con hijos incluso. Dicen que el mismo Molière se moría sobre el escenario mientras interpretaba 'El enfermo imaginario', y eso es poner el listón muy alto. Supongo que es una forma de compromiso. Les va la vida en ello; es su pan.

Pero no es el mío y creo que tampoco es el pan de ningún otro espectador y que no debería serlo de ninguna clase de público. El llamado 'respetable' lo sería de veras si fuese capaz de hacer otro tanto y renunciar a su diversión cuando las circunstancias lo requieren. Una cultura de la renuncia.

La muerte del bailarín Pedro Aunión al caer al vacío cuando actuaba en un festival en Madrid es sobrecogedora incluso viéndolo al día siguiente en las noticias. No puedo imaginar la impresión que causaría a los cientos de personas que lo vieron con sus propios ojos. Fueron muchos los que no pudieron seguir presenciando el espectáculo y decidieron abandonar el recinto en señal de respeto por la víctima o, simplemente, porque ya no tenía sentido seguir de fiesta esa noche. Otros muchos sí continuaron; lo respeto igualmente, aunque no lo comparto.

Lo que no puedo admitir es la decisión de la organización, que creyó conveniente no suspender el evento después de un accidente mortal de uno de los intervinientes. Me parece una terrible falta de humanidad, una nauseabunda priorización de su beneficio y una perversión de lo que se supone que debería ser el paradójico negocio del ocio y la cultura. Alegar para ello razones de seguridad es simplemente insultante.

Ciertamente peligra la vida del artista -y no solo cuando se cuelga a treinta metros de altura para bailar en la cuerda floja-. Y, lo que casi es peor, peligra también la salud de nuestra sociedad si dejamos que el show del 'todo vale' y 'nada importa' siga adelante como si no pasara nada.

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