Recordando a Pedro Vivanco

ESTHER NOVALGOS LASO

Inexorable, como siempre, el tiempo ha transcurrido con premura desde que en el tramo final de 2016, dijiste adiós.

A quienes tuvimos la gran suerte de haber llegado a ti en las distancias cortas, nos falta desde entonces el amigo cordial, el hombre generoso y entrañable, que entregaba su afecto -y era mucho- envuelto en sencillez y humanidad.

No podré olvidar nunca -laboralmente hablando - el modo en que indicabas el camino a seguir. Era tanta la satisfacción mostrada al comprobar que tu intermediación daba sus frutos, que el beneficiado con la gestión prestada parecías ser tú. Hay que haberlo vivido para saber de qué hablo. Y eso no te costaba esfuerzo alguno. Eras así: cercano, complaciente, seguro y esencial. Muy claramente, Pedro, supiste hallarle cauce a la palabra .

Ahora, al año de producirse tu partida y sintiendo tu presencia a flor de piel, dirijo mis palabras a quienes, contagiados por tu afán, hurgan en lo beneficioso de tu ejemplo. Angélica, tus hijos y nietos e incluso la que te vio nacer, jamás permitirán que se aleje el recuerdo. Fue tan grande el prestigio que le diste a La Rioja, tanto tu afán por ensalzar su nombre, que en ella estás presente y estarás. Cada surco, cada pámpano, cada cepa, cada grano de vid, lleva impresa tu estirpe con indelebles letras. Letras de honda bodega que nunca el tiempo conseguirá borrar.

«Devolver al vino lo que el vino nos ha dado». Esa fue tu gran máxima y ese fue tu guión. En él grabaste a fuego el nombre que a lo largo de los siglos te hará inmortal. Tu parte material, , se fue a lo eterno. Pero nada ni nadie borrará la leyenda de quien tintó sus sueños con racimos riojanos y a esos racimos les donó entidad.

Por lo que a mí respecta, agradezco a la vida el que me permitiera encontrarte en el camino. A través de tus actos, pude ver el perfil del hombre bueno. Del que asentó su huella y en la parra del tiempo implantó su raíz.

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