Mayores emprendedores

J. L. ESTEVE

Observo encantado como a la gente joven y con ideas se le ayuda, con dinero, para que las saquen adelante. En este campo, el de las ayudas, parezco el pupas. Hace cincuenta años estaba al frente de una tienda modesta y me propuse modernizarla para vender más y atender mejor a los clientes. Hablé con un banco, presenté el proyecto y me dijeron que me ayudarían. Hice la reforma con un coste de medio millón de pesetas de entonces y cuando volví al banco, éste había cerrado el grifo y me dijo que no podía ayudarme. Recorrí todos los bancos y cajas de entonces. La respuesta era siempre la misma: el local era alquilado, la mercancía y las estanterías no tenían ningún valor para ellos... Como última solución pensé en atracar un banco, pero me pareció poco ético y muy peligroso y no lo hice, así que las pasé canutas.

Ahora, con ochenta años muy bien conservados, quisiera hacer una cosilla y por curiosidad he visitado varios bancos. Me ha dado la impresión de que lamentaban que no estuviera en vigor la eutanasia.

Como último recurso, y no sólo para mí sino para otros muchos emprendedores nacidos antes de 1950, se me ha ocurrido la idea de que una dependencia del Gobierno se ocupe de nosotros. No vamos a pedirles dinero, sólo a que nos avalen para que los banqueros puedan dormir tranquilos. La mayoría que nacimos en el siglo pasado tenemos principios, valores y cumplimos nuestros compromisos; y si nos morimos antes de pagar del todo el préstamo, lo poco que tenga que pagar el Estado no creo que arruine las arcas públicas.

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