La manzana de Carlos Marx

RUBÉN LAPUENTE

Cuando esta senda de la vega del Iregua se preña de manzanas cómo no parar el coche y como un ladronzuelo colarse por entre los espinosos alambres. Es un rito mío de cada verano: Miro a los lados, cojo una cualquiera, una solo, la olfateo hondo... Y muerdo esa carne dulce que es como un hilo virgen de la oscura fuente de la tierra mojando lo más profundo de mi interior. Y siempre pienso, mientras la saboreo, en que si realmente fuéramos sólo dos en este mundo, y éste el único terruño del planeta, por llegar yo un poquitito más tarde, ya sería el eterno siervo de esta gleba. Que la tierra fuera del primero que la pisara, del que se apresurara a alambrarla, es echarle mucho rostro, pero todo está ya tan bendecido por ese listo fariseo, por ese voraz recaudador, inevitable Leviatán saca cuartos. Y que ahora ni te dejen asomar el gaznate por éste u otro bello predio. Quizás suene imbécil plantearlo, pero el hombre es el único animal que le pone nombre y apellidos a la tierra. ¿La tierra no debería ser de la tierra? De repente oigo un grito. Y a lo lejos, me ladran un par de lebreles. Cualquiera le explica a mi terrateniente que se acerca, que estoy en una íntima ceremonia mía de estío. Y no digamos, si a los chuchos, les suelto lo de mi tesis, tipo Newton, del influjo de la manzana ajena «in situ» sobre el pensamiento de Carlos Marx. Y... ¡Joder! ¡Rubén! ¡Corre! ¡Pon pies en polvorosa!

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