Iglesia y ostentación

JOSÉ-RAMÓN MONGE UGARTE

Últimamente he puesto particular atención en los ropajes de la Iglesia en catedrales, monasterios o basílicas que han conservado con orgullo su patrimonio eclesial. Uno se queda asombrado de la riqueza de tales vestimentas, casullas, capas pluviales, bonetes, joyas, anillos, etc., etc.

Pues bien, no entiendo del todo por qué se alhajaron tanto antaño los ministros del Señor empezando por los papas. Pero entiendo menos que hogaño lo sigan haciendo aunque sea solo en las grandes solemnidades. ¿Es que lo necesita la Iglesia? ¿Pero no predicó por activa y por pasiva, con el Evangelio en la mano, la humildad, la pobreza, la ejemplaridad en todos los actos de la vida? ¿Necesitan los sacerdotes revestirse de esa guisa para afirmar su autoridad cuando ésta debe de estar basada en el amor al prójimo, en el ejemplo, en la sencillez y en la preparación teológica y humanística para hacer frente a los retos del día a día? Aquí también los luteranos, los nórdicos en general, nos ganan en sobriedad y en carencia de lujos. Bueno, la Iglesia es mater et magistra y sabrá lo que hace aunque, por suerte o por desgracia, las vocaciones y la asistencia a las ceremonias católicas están a la baja. La gente tiende a pasar desapercibida, a no ostentar signos identitarios. ¿O no?

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