¿Espíritu de Ermua?

JUAN ANTONIO SAINZ

Mucho se ha criticado estos días la negativa del Ayuntamiento de Madrid a colgar de su sede una pancarta alusiva a Miguel Ángel Blanco en el vigésimo aniversario de su secuestro y vil asesinato a manos de ETA. Personalmente creo que no habría supuesto menosprecio a ninguna otra víctima, como alegó el equipo de Manuela Carmena, y que la alcaldesa simplemente se equivocó. Conociendo su talante y su trayectoria de mujer justa, pienso que incluso ella misma tendrá dudas sobre esa decisión.

Pero más criticable aún me parece la descarada utilización partidista que otros han hecho, en el extremo opuesto, de aquel terrible atentado contra la vida de un hombre, de un concejal del Partido Popular y, por extensión, de un representante de la voluntad democrática del conjunto de ciudadanos. Pretender apropiarse de cualquier víctima es intolerable; hacerlo de una tan colectiva como Miguel Ángel Blanco resulta vergonzoso.

Porque el espíritu de Ermua lo representa él, sí, pero o lo sostiene el conjunto de la ciudadanía, como ocurrió en aquellos angustiosos pero esperanzados días de plomo de 1997, o ya no significa gran cosa. Nada que ver con las imágenes en el recuerdo de aquellas históricas manifestaciones, aquella panorámica tremenda de la Gran Vía logroñesa repleta de miles de ciudadanos de toda condición aunados contra el chantaje terrorista y la violencia etarra, nada que ver, digo, con la oficialista fotografía del pasado martes en El Espolón, únicamente con las autoridades locales posando para la prensa. Sus cuatro ramos de flores no representan, en mi humilde opinión, más espíritu que el de sus propios intereses políticos.

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