Qué difícil es ser anciano

GERARDO VILLAR

Sí, porque la sociedad corre a marchas forzadas y los ancianos no podemos seguirla. Pongamos, por ejemplo, el llamar por teléfono. Es una epopeya, todo eso de introducir un nombre con su número, el saber leer un mensaje y mucho más el escribirlo y mandarlo. Nos cuesta ponerlo en silencio y así suena en cualquier lugar. A no ser que desistamos de usarlo.

Y pasamos a la banca. Una carrera ciclista: pasar la cartilla por la máquina y actualizarla antes de entrar en la oficina. Ya es la subida al Everest el intentar sacar dinero: introducir justamente la cartilla en su sitio, recordar el número de la clave, saber a qué tecla dar, mirar si sale exactamente la cantidad que queremos... Y, si no, pasar a la oficina. Sacar el número como en la carnicería. Entender por qué nos han descontado esa cantidad, echar muchas firmas, en papel y la tarjeta electrónica... Y, a todo esto, añadamos que hay que subir a una furgoneta, previa espera en la calle. Vamos que, bien pensado, es mejor dejarlo en casa debajo del ladrillo. Pero no podemos porque enseguida se pasa el mes y hay que recoger el sueldo y pagar deudas. Antes, claro está, hay que estudiar matemáticas para saber entender cada recibo que nos llega (agua, luz, basura...). Y ahí te quiero ver.

Y pasamos al autobús. Hay que sacar billete y, si queremos rebaja, hay que ir a la 'Bene' y atravesar puertas como en un laberinto. Montamos en el bus y menos mal que hay alguien que va al mismo sitio que nosotros y toca el timbre de parada.

Casi nada llamar al centro de salud y pedir vez. Es un ejercicio de memoria estupendo. Buscar el número, pedir vez, recordar el médico o la enfermera oportunos. Al día siguiente, ir, guardar turno, otra vez el numerito de la carnicería y luego, como estamos un poco sordos, estar sumamente atentos para captar qué nos dice el doctor.

Son cosas del progreso, pero, por favor, no olvidemos la humanidad. Menos mal que la gente joven es muy servicial y echa una mano. Porque otro día hablaremos de las escaleras, ascensores, sillas de ruedas, autobuses... Vivir ya es una lucha diaria. Y se ve que eso está aconsejado por la Sanidad porque despierta nuestras habilidades. Pero qué difícil es ser anciano.

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