El cielo estrellado sobre mí, la ley moral dentro de mí

AMELIA GUISANDE GONZÁLEZ

Hemos escuchado a veces frases cuyo sentido transciende la actuación de la persona que las pronuncia, y su significado se inscribe en un marco de referencia más amplio.

Es lo que creo que me ocurrió con una frase pronunciada por Rodrigo Rato en su comparecencia ante el Congreso de los Diputados. Su frase: «Amigo, es el mercado» no me suena sólo a una intención de justificar de algún modo su trayectoria personal al frente de una entidad bancaria, sino que entiendo que está también poniendo de manifiesto en toda su crudeza, la tiranía que ejerce una economía de mercado al servicio del dinero.

Sin entrar a valorar dicha comparecencia, debo señalar que la obligatoriedad de la ley moral, no nos viene impuesta desde fuera, como si de una ley física se tratara, sino que precisamente por su carácter de moral, podemos o no darle cumplimiento.

Immanuel Kant, en su Crítica de la razón práctica, había afirmado: «Dos cosas llenan mi ánimo de creciente admiración y respeto, a medida que pienso y profundizo en ellas: el cielo estrellado sobre mí y la ley moral dentro de mí».

El llamado giro copernicano promovido por Kant en la filosofía fue precisamente el señalar que todos los seres humanos tenemos una razón práctica, que se concreta en nuestra capacidad para distinguir entre el bien y el mal en todas las situaciones, de ahí que formulase la ley moral como un imperativo categórico. Sin embargo Kant sostiene a su vez, que el respeto a la ley moral nos exige una conducta de superación personal, de modo que cuando no queremos renunciar a nuestros deseos, no sólo podemos hacernos esclavos de muchas cosas, una de ellas puede ser nuestro egoísmo, sino que también estamos renunciando a nuestra condición más genuina la de ser libres e independientes.

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