El Bronx del Ebro

ALBERTO COSTA EGEA

Un viernes de marzo cometo la osadía de pasear con mi perra por el Parque del Ebro. Somos atacados por una perra grande joven y aterrada. Normal, si apreciamos la tremenda irresponsabilidad de la que presume el dueño del pobre animal, en una breve conversación.

Descubro, cuando comento que el estado de ese animal le traerá problemas legales a él y peligros graves a cualquiera que pase, que nada es preocupante porque al parecer en ese parque «las cosas no funcionan así».

¿Será que estoy en el Bronx de las pelis? Además, el daño que pudiera hacer aquel pobre animal (más de 200 kilos de presión por centímetro cuadrado en unas fauces de carnívoro) carece de importancia ya que con el seguro dispone de tres «oportunidades» antes de que le puedan quitar a su perra.

Naturalmente, el dueño, al no estar preocupado porque su atormentado animal un día haga daño, no tenía lo que se dice propósito de enmienda.

Me preocupa porque hay más como él y alguno incluso peor. Se adquiere un animal por criterios únicamente estéticos, sin pensar en los posibles problemas y ni mucho menos en prevenir antes de que se presenten. No tengo espacio para analizar la broma de normativa vigente aunque encantado mandaré más cartas. Gracias.

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