La Rioja

¿Azar o elección?

En los últimos tiempos, el hombre ha llegado a ser una incógnita para el hombre; su ser, problemático; su destino, incierto. El azar y la elección se disputan su paternidad. Pero la primera alternativa resulta frágil y poco alentadora.

La hipótesis de un universo que está ahí -sin causa alguna que lo explique-, que se desenvuelve ordenadamente como si estuviera dotado de un proyecto interno hasta formar planetas aptos para albergar vida orgánica, y la aparición de ésta en la Tierra en un tiempo récord y su posterior evolución hasta alcanzar la inteligencia indagadora del hombre, para terminar luego perdiéndose ese universo en el frío eterno de los espacios infinitos desprovisto de cualquier forma de vida y actividad, es algo que desafía la común credulidad de los mortales. Ya la fina selección de las constantes fundamentales de la naturaleza, de las que dependen las leyes físicas y la posterior evolución del universo, está reclamando algo más que pura casualidad. El recurso a afirmar que nos encontramos en el universo afortunado entre los infinitos actualmente existentes con condiciones hostiles a la vida tampoco resuelve la cuestión: ¡sigue siendo una lotería absolutamente improbable! Es mucho más razonable afirmar la actuación de una Inteligencia creadora, de un amor difusivo de su bondad; creencia que, por cierto, nos cambia la vida.

No nos encontramos arrojados en este mundo como resultado de un accidente fortuito, efecto de una aleatoria confluencia de causas en la ciega evolución del universo. No; la aparición del hombre ha sido prevista y querida por una mente bondadosa, que ha resuelto llamar a la existencia a seres capaces de amar y de ser amados, seres capaces de conocerle y amarle, seres dignos de su amor, como afirmó H. Bergson. Y si para ello tuvo que crear un universo en el que surgieran y se asentaran, el universo fue creado. La evolución física y orgánica se ordenaba a la aparición de seres inteligentes aptos para remontarse al conocimiento de su autor, seres merecedores de amor y de felicidad; porque la creación de un cosmos exclusivamente material, desprovisto de una razón reflexiva que pudiera contemplarlo, se comprende difícilmente.

Estamos en las manos de un Dios paternal y providente, no en las garras de un azar sordo e inconmovible; no somos resultado de una naturaleza de efectos ciegos, sino obra del amor creador. Y con Dios, «la vida cotidiana cobra un sentido nuevo por el solo hecho de que el azar es eliminado de ella. Todo lo que sucede es querido, todo lo que sucede es adorable, Dios está en todas partes», escribía Julien Green.