Caro Indro, vecchio ragazzo

Indro Montanelli fue uno de los grandes periodistas italianos; como transitó por todos los géneros, se permitió también ocuparse de la opinión, en la que descargó a raudales su experiencia y su mala leche. Dirigió periódicos, participó en diatribas, se ganó admiradores y detractores que tuvieron hacia él no sólo envidia o inquina, sino una admiración que lo acompañó a la tumba y más allá. Al final de sus años pletóricos, en los que hizo historia y filosofía de la vida cotidiana pero nunca abandonó el oficio, dirigió un periódico, I Giornale, que era competencia directa, e incluso inquinosa, del más tradicional de los diarios italianos, Il Corriere della Sera.

Y murió, claro, el oficio nunca muere, ni morirá, pero sus grandes maestros, ay, nos han ido dejando. Ya vendrán otros. Y cuando murió Indro Montanelli hubo en Italia, y en el mundo del periodismo, luto y despedidas. La que más recuerdo es la que le hizo, precisamente en ¡la portada! de Il Corriere della Sera, el otro gran periodista de la época, Carlo Bo. Éste tituló su despedida, en italiano, naturalmente, Caro Indro, vecchio ragazzo. Querido Indro, viejo muchacho.

Este encargo de que escriba, desde mi rincón en el periodismo, en las cabeceras de los amigos de enfrente me recuerda aquella hermosa anécdota del periodismo mundial: que los dos adversarios más terribles y rocosos del periodismo italiano se reconciliaran en torno a la muerte de uno de los más grandes del oficio era una anécdota de gran categoría para entender lo que debe hacer el periodismo para sobrevivir, o simplemente para vivir haciendo periodismo: juntarse para pensar qué hacer con este maltrecho arte de informar. Demasiado tiempo ha pasado desde que se vislumbró la Transición como una época de diálogo eficaz entre diferentes, políticos, culturales, periodísticos, y no tenemos suerte con el resultado. El periodismo se empezó a hacer a cara de perro en seguida que acabaron los efectos salutíferos del golpe de Estado, luego vino la era de la crispación, y ahora ni las terribles tertulias de unos contra otros ni los efectos alevosos de las redes sociales contribuyen a que el periodista sea tan solo, y nada menos, que lo que el otro gran italiano, Eugenio Scalfari decía que tenía que ser: «Gente que le dice a la gente lo que le pasa a la gente».

Y ese es el gran problema: el periodismo se ha convertido (también según Scalfari) en «un oficio cruel» en el que no es mayoritario el deseo de informar (en redes, en medios digitales, en diarios de papel) sino la infinita manía de opinar de todo lo que sucede, de lanzar rumores sin fundamento que adquieren verosimilitud y son malditas falacias, o de publicar lo que nunca se pensó que podría publicarse: basura en nombre del oficio que mejor argumenta, o cimenta, las relaciones de los pueblos consigo mismos.

Siempre estamos a tiempo no sólo de alertar contra estas amenazas (lo hace muy bien Timothy Snyder en Sobre la tiranía: léanlo, es urgente). Esta iniciativa que me trae desde El País a esta cabecera a la que considero amiga me ha dado la oportunidad de explicar en esta admirada acera lo que siento por dentro cuando veo cómo se despedaza el periodismo, e inevitablemente me he acordado, por ejemplo, de aquella hermosa despedida que Carlo Bo le hizo, desde el diario enemigo, a Indro Montanelli.

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