Capital sexual

«Esa repetida machaconamente regeneración democrática o ese discurso de dar paso a los más jóvenes se ha traducido en la elección de líderes calificados como interesantes o atractivos/as»

En cualquier disciplina e, incluso, en cualquier tipo de relación social se necesitan y exigen una serie de capitales para el desempeño de actividades y para el cumplimiento de determinados fines. Por ejemplo, un emprendedor (si tiene éxito así se le denominará o autónomo si no lo tiene) necesita un cierto activo económico y/o financiero para iniciar y desarrollar su actividad profesional. Pues bien, en política, y en otros ámbitos, se exige capital económico (para comenzar, al menos), capital social (empatía y don de gentes para conectar con el electorado) y capital cultural (un cierto conocimiento de los problemas sociales y sus posibles soluciones). Ya lo sé, no hace falta que me lo recuerden los lectores: esto es pura teoría y la realidad es bien distinta, por lo que todos conocemos a políticos que se han enriquecido gracias a su actividad pública, que no conectan con la ciudadanía ni intentándolo y que les escriben hasta el buenos días de sus intervenciones públicas... Que bien mirado, y sin perder de vista el sarcasmo de esta afirmación, tanta corrupción y tanta incompetencia han impulsado la generación de empleo: promotores inmobiliarios, concesionario de coches de lujo, agencias de viajes, asesores personales, responsables de protocolo, personal de gabinete y un largo etcétera de empleos muy bien remunerado.

En cualquier caso y sea como fuere, en los últimos tiempos y en este país, se está apostando por un cuarto capital de tipo sexual o erótico. Parece que esa repetida machaconamente regeneración democrática o ese discurso de dar paso a los más jóvenes se ha traducido en la elección de líderes (algunos no llegan a serlo, es cierto) calificados como interesantes o atractivos/as.

Siendo bien pensados, y no solemos serlo, podríamos integrar este activo dentro de la empatía y de la capacidad para acercarse al pueblo, pero no es así. En todo caso, lo importante es si este tipo de recurso sirve de algo una vez que se llega al poder (porque sí parece que sirve para acceder a él). Si deben representarnos y gestionar los asuntos públicos los mejores y más preparados, y sin ser necesariamente excluyente, ¿es correlativa la buena gestión con la buena pinta? Eso parece a la vista de la elección de algunos nuevos líderes. Al fin y al cabo, la política no es otra cosa que una elección personal, de personas que eligen a otras, al margen (de un modo inconsciente, podríamos decir) del significado y de la repercusión que esta decisión pueda tener a medio y largo plazo.

Existen estudios que han demostrado que los guapos obtienen más votos que los feos que, según nos dicen, pueden llegar a un incremento del 20% de los sufragios. No tengo claro que se puede llevar a cabo una correlación tan exacta entre belleza e incremento de votos, pero sí que nos dejamos llevar por intangibles que van mucho más allá (o mucho menos) que la ideología o la batería de promesas (in)cumplidas que nos ofrecerán en campaña (y solo en campaña). Ya ven, votamos sin saberlo y, sobre todo sin recocerlo...

No sientan la tentación de culpar de todos nuestros errores y decisiones poco afortunadas a la maquinaria publicitaria o a las campañas propagandísticas orquestadas por el lado oscuro de las fuerzas vivas de las democracias capitalistas. Si bien, siendo sinceros, creamos o no que estos machacones aparatos publicitarios de los partidos generan demandas inexistentes previamente, sí las acrecientan y las hacen más atractivas, valga la redundancia. No nos engañemos: a todos nos gusta más un regalo bien envuelto que un detalle entregado de cualquier manera. Alejada o, mejor dicho, relativizada la paranoia conspiranoide de los medios de propaganda parece ser que la biología arroja un poco de luz.

Pues sí, resulta que sin saberlo nos atraen los rostros simétricos, nos resultan más atractivos, por lo que parece que tenemos una escuadra y un cartabón integrado en nuestro cerebro que nos dice quién es atractivo y quién no lo es. La asimetría facial la asociamos a la fealdad y ésta, a su vez, a las personas poco saludables. ¿Votarían, en pleno uso de sus facultades mentales, a un candidato facialmente asimétrico? Menudo eufemismo acaba de surgir para decir poco atractivo... Pero a lo que vamos, ¿depositarían su confianza en una persona, a priori, poco saludable? Porque esta cuestión no pretende frivolizar con la belleza, no estamos, en otras palabras, cuestionando la idoneidad del concurso de Mister España. Imagino que, al igual que yo, estarán ahora mismo buscando en su mente algún sujeto corporalmente asimétrico que parece saludable y posee un gran atractivo. Pues sí, esta fórmula no parece ser perfecta, sobre todo cuando les diga que existen estudios que vinculan el desarrollo morfológico estable y simétrico con la capacidad cognitiva y mental de los individuos. Lo cierto es que, más allá del interés original del artículo, la lectura de algunos de estos estudios me está creando una gran sensación de injusticia pues ser simétrico te hace ser más guapo, más listo y, ¡agárrense!, mejor comunicador -los guapos y las guapas tienen mayor poder de persuasión-. Injusto para los morfológicamente asimétricos, ya que terminaremos votando la simetría atractiva, sana, inteligente y persuasiva...

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos