Camarón, flamenco y revolución

Si se ama el flamenco, aunque sea sólo un poco, hay que adorar a el Camarón de la Isla. Mi afecto por el flamenco de verdad es tardío, con casi treinta años cumplidos y tras la conquista de la democracia. Antes, desde niño, la cosa se limitaba a Valderrama, Molina o Marchena a través de los discos solicitados de Radio Miramar de Badalona. En aquella época, era mucho más potente la copla que el flamenco -Doña Concha, Juanita, Marifé- entre las clases populares, a excepción de las de etnia gitana, claro está.

En el 77 tropecé con una obra de Enrique Morente, el LP Despegando. Además de una suerte de himno de Andalucía, camino de su autonomía, llevaba palabras de Miguel Hernández o Machado que sonaban mejor transportadas por la bulería o la soleá. Y una especie de zambra dedicada a su Estrella que acababa de nacer («como relámpago de fuego fuiste que en mi sentimiento entraste...»). Me presentaron a Morente en casa de una compañera en el Albaicín. Luego entablé amistad con amigos comunes y tuve ocasión de conocer su obra anterior a Despegando, y pude comprobar que la indudable heterodoxia flamenca de Morente era simultánea y funcional a una ortodoxia plena.

Poco después, tropecé también con el Camarón de La Isla, que así de solemne e ínfimo a la vez era su nombre artístico. Me lo presentaron en San Fernando los compañeros de astilleros. Inolvidable su candor, su timidez, su media sonrisa de desinterés cuando los compañeros le relataban mis responsabilidades e importancia.

Al igual que en el caso de Morente, pero de forma mucho más acusada y mágica dada su condición de gitano, el Camarón de La Isla es de una pureza tal que le permite innovar y experimentar en el flamenco sin importarle lo más mínimo el qué dirán los puristas. Cuando al Camarón le reprochaban su supuesto vanguardismo hereje contestaba: «Lo que tiene que hacer la gente es oírme más, hasta comprenderme, ya veréis ...». O el fino instinto flamenco, pillen la ironía, de dos monstruos puristas como Manolo Caracol o Tía Anica 'La Piriñaca', cuando sentenciaban: «Cómo va a cantar bien un gitano rubio ...», el uno, o «este muchacho no tiene ni idea de cantar flamenco», la otra.

Vienen a cuento estas desordenadas disquisiciones porque acabo de ver una película-documental sobre la vida y la obra de Camarón que me parece absolutamente recomendable. En ella encontrarán un relato vibrante sobre el más grande autor e intérprete del cante flamenco. Palabras, imágenes, fotos, músicas, hilvanadas con emoción y excelente técnica, conducidas por la voz rota y de acento andaluz pastoso y lento de Juan Diego, uno de nuestros actores más insignes que es y habla así cuando no actúa. Sólo le reprocho al documental que, aunque ofrece imágenes, no cita el Hospital Universitario Can Ruti de Badalona, donde dijo adiós Camarón por última vez ... Sólo unos días antes, en la misma planta y en una habitación casi contigua, se despidió mi padre. Se venía el verano y España era como el centro del universo, con la Expo, las Olimpiadas, la capitalidad cultural europea de Madrid ... Y ellos se fueron.

Ahora que un filonazi, a pocos kilómetros de nuestra tierra, en la otrora luminosa Italia, propone señalar y alistar a los gitanos para volver a persguirles, expulsarles y exterminarles si pudiera... una película como ésta afirma la magia, la genialidad, el pasotismo indómito, la inocencia y el candor de un gitano universal que, como Mozart, Bach, Gaudí o Picaso, parecía tener una inspiración sobrenatural y contribuyó como nadie a que el flamenco fuera declarado Patrimonio Inmaterial de la Humanidad a juicio de la UNESCO, la Agencia para la Educación y la Cultura de la ONU.

Y es de los nuestros: el Camarón de La Isla.

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