Las callecitas

MIGUEL Á. RODRÍGUEZ IMAZ

He vivido 25 años con mis padres en Víctor Pradera. Tuve más de 46 años mi negocio en Jorge Vigón y desde mi casa veo pasear a mis vecinos de García Morato.

Pretender ahora, setenta y cinco años después, cambiar los ultrahabituales nombres de nuestras calles, por muy «legal» que sea no deja de ser... una aberración.

Si en su día se «robó» su anterior nombre no dejó de ser un grave error y no justificaría que ahora, y por venganza, pretendamos hacer lo mismo. Al ser ya mayorcitos deberíamos tener más juicio... oficialmente. Todos entendemos lo que se hizo mal. Un cambio de nombre en las calles acarrea unos costos eonómicos gigantescos: cartas, tarjetas, impresos, etc. Y un trabajo administrativo y burocrático inimaginable. Con los errores de toda modificación.

Nuestros clientes, proveedores, amigos y familiares nos tienen registrados desde siempre con las actuales domiciliaciones.

Muchos tenemos familiares y amigos víctimas de uno y otro bando en nuestra trágica guerra civil. Pero, seguro que ellos no aprobarían ahora esta hoy ilógica pretensión. Y lo mismo pensaría si se tratase de calles dedicadas a Azaña o La Pasionaria. No se quitan nombres como Fuente del Diablo, Avenida de Diocleciano, etc. Son eternos. Seamos juiciosos y ejerzamos de animales... racionales.

cartas@larioja.com

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