Caídos

FERNANDO SÁEZ ALDANA

Caído» es un eufemismo de persona que muere luchando en defensa de una causa. Referido a un cuerpo, «caer» significa «moverse de arriba abajo por acción de su propio peso». Como, por ejemplos, meterse una zamostada resbalando en la calle, cambiando una bombilla desde un taburete o bajando por la escalera del acosado. Es curioso, por cierto, que alguien pegándose una sapada resulte divertido. Hay programas de televisión dedicados a mostrar vídeos caseros de gente metiéndose unas toñas impresionantes que lejos de mover a la compasión arrancan crueles carcajadas. Pero, a lo que vamos: ninguna de estas víctimas de caídas son «caídos». El caído es otra cosa. El desplome de su cuerpo contra el suelo ha de deberse a una violencia externa, letal y aplicada por defender ideas. El concejal del PP vilmente asesinado de un tiro en la nuca mientras pasea es un caído, desde luego. Pero el mismo asesino etarra despanzurrado al explotarle felizmente la bomba con la que preparaba su siguiente hazaña, también. En cambio, no tengo tan claro que todos los combatientes muertos en la guerra sean caídos. En el siglo pasado millones de jóvenes europeos perecieron en el frente no defendiendo una convicción sino condenados por sus gobiernos a morir en batallas tan atroces como inútiles en las que incluso eran abatidos por sus propios oficiales cuando se intentaban escapar de la espantosa primera línea de fuego.

En ese sentido, podría considerarse el Valle de los Caídos como un monumento en memoria de todos los españoles que murieron matando en la última guerra civil, entre los cuales ni la totalidad de los unos cayeron «por Dios y por España» ni la de los otros «por la República» sino porque sus jefes los enviaron al matadero (por lo tanto, allí sobran los huesos de Franco). También aprobaría la accidentada demolición de una cruz plantada hace 80 años en un monte vizcaíno en memoria de caídos del bando franquista -chapuza comparada con una escena del Coyote y el Correcaminos- si no fuera porque con las mismas piedras pretenden alzar otro monumento a los caídos del bando contrario. O se honra a todos o a ninguno. Y menos a los que, según el alcalde bildutarra del pueblo de la cruz caída, «lucharon por la libertad de Euskal Herría». Ya sabemos a quiénes se refiere. Quieren sustituir un símbolo de un fascismo autoritario ya históricamente superado por otro que, avalado por la democracia, permite gobernar hoy mismo a fascistas filoetarras. Claro que levantar un monumento será más fácil que caerlo, que dicen en Valladolid, y visto lo visto lo tienen complicado. Si consiguieran erigirlo podrían dedicarlo a sus caídos por las piedras caídas al caer un monumento a otros caídos que no les caían bien. O qué.

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