DESDE LA BUTACA

CARMEN NEVOT - ARRANCHAR A SON DE MAR

En España es agosto. Rotundo, con mayúsculas. Las calles entran en una especie de letargo, el mismo que favorece el soporífero calor que se cuela por las rendijas de la persianas a medio bajar. La siesta es la inseparable compañera de cada uno de los ardientes 31 días del que probablemente es el mes más esperado del año, al menos para la mayoría. Para Martina este año será la excepción. Ha pospuesto a septiembre su viaje a la Línea. Le gusta ir a la playa con su hermana, recogerse el pelo con su pinza-floretón, remojarse hasta los tobillos en esas aguas pocas veces mansas del Estrecho y mirar de reojo y con recelo hacia el Peñón. En una especie de ritual aprieta los dientes, mira primero a un lado y luego al otro para asegurarse de que no hay mucho 'guiri' a su alrededor y masculla un 'Gibraltar español' rápido, apenas audible. Es una liturgia con la que se da por satisfecha. Vociferarlo en plena frontera, rodeada de llanitos, sería demasiado arriesgado y ella siempre ha sido de esas mujeres muy valientes, pero de puertas adentro.

El retraso no le produce demasiados desvelos. Ha decidido pasar agosto encerrada en su casa, con el ventilador a ratos, y una botella de agua fría siempre a su lado. No suele tener sed, pero se obliga. Se lo aconsejó su adorado médico. Está demasiado entretenida para echar de menos la playa y no quiere perderse ni el espectáculo dantesco de Maduro con la Constituyente -asegura que no ha visto semejante autoadoración de alguien en su vida- ni el teatro de Cataluña aprobando la reforma del reglamento de su Parlamento o la ley del referéndum... Una sucesión de despropósitos que la tienen atada frente a la televisión, como cuando se enganchó a Falcon Crest. Menudo novelón le espera, dice.

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