BUSCAR CULPABLES

MANUEL ALCÁNTARA

No hay que indagar mucho, porque somos nosotros. Mientras, el prófugo Puigdemont está en el entierro de Mas, le exige obediencia al PDeCAT y niega sufrir su evidente «trastorno ideológico». Todo los majaras disfrutan de momentos de lucidez, pero su clarividencia se hace más perceptible cuando están lejos. Lo último que ha hecho este orate es ordenar que se salten las normas para investirlo 'president' y favorecer el caos catalán, que ha hecho metástasis. Nos están enseñando a bostezar con la boca cerrada, mientras Albert Rivera todavía se cree capaz de gobernar con gente del PP y del PSOE. Son salutaciones del optimista, pero no podemos corresponder a su saludo. Hasta el reaparecido Pablo Iglesias se ha desinflado después del pésimo resultado de Podemos. «Deberíamos haber hecho mejor las cosas», ha confesado, pero tampoco tiene la receta para combatir el cáncer.

La embustera esperanza se enfrenta con la realidad y sale perdiendo en todos sus combates, incluso los que se celebran a puerta cerrada, porque el público está en otra parte. Es muy dificultoso acampar fuera de la realidad, aunque dentro de ella sea imposible porque hace demasiado frío. Contar las nuevas amenazas no sirve para aplicar las viejas respuestas.

En esta remota provincia del imperio de Trump, que cumple un año en la Casa Blanca pasándolas moradas, lo que sabemos de él es que no es ningún gastrónomo. Su menú favorito es Coca-Cola, batido y hamburguesa. Debiera haber aprendido algo de Churchill, pero nunca es tarde si la sobremesa es buena. Dicen sus detractores que su estrategia política cabe en un tuit. El hombre más influyente del planeta pasa frente al televisor un mínimo de cuatro horas diarias. Ni los más partidarios del fútbol podemos igualar su récord.

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos