Buenas madres

«La formación del apego es algo progresivo y complejo, que no se puede reducir al mero cumplimiento de consignas ni basarse en el mayor o menor contacto puramente físico»

MARÍA LUISA BALDA MEDARDE PSICÓLOGA

En los últimos años hemos asistido a la expansión de un movimiento que se autodenomina «crianza natural» o «crianza con apego» y que favorece unas determinadas pautas de cuidado. Esta corriente se basa en cuatro pilares. El primero de ellos es el colecho, lo que habitualmente significa dormir madre y niño en la misma cama; el segundo el amamantamiento a libre demanda, amamantamiento que finalizará cuando el niño lo decida; el tercer principio es el porteo o llevar al niño pegado al cuerpo y el último, la rápida respuesta a las señales del bebé para evitar que llore, completa esta mal llamada crianza con apego.

Como explica Alan Sroufe, uno de los mayores investigadores sobre el apego, «este movimiento es un engaño. Ha tomado el mismo nombre de un campo de la ciencia que estudia el desarrollo del ser humano y eso provoca mucha confusión». Este experto se refiere a que esta corriente no tiene una base científica, ya que ni los preceptos ni las pautas que aconseja se basan en investigaciones ni derivan de la rica teoría del apego. Según esto, «seguirlas no es garantía de un vínculo seguro y, si los padres no las cumplen, su criatura no tiene por qué tener ningún problema».

Compartimos las ideas de que lo fundamental para criar bien a un hijo es la sensibilidad del cuidador para responder a sus necesidades de manera apropiada y efectiva; y que la formación del apego es algo progresivo y complejo, que no se puede reducir al mero cumplimiento de consignas ni basarse en el mayor o menor contacto puramente físico.

Para ahondar en esta perspectiva, vamos a revisar uno por uno los cuatro pilares en los que se apoya esta moda, defendida como si fuese la mejor forma de crianza para asegurar el desarrollo de los niños y niñas.

Dormir durante los primeros meses de vida cerca de la madre es aconsejable tanto para el bebé como para la madre, pero dormir durante los cuatro primeros meses en la misma cama está desaconsejado y después de esa edad siempre habrá que tomar unas precauciones que no todos los padres están preparados para cumplir. Por otra parte, en este modelo se orienta a mantener el colecho mientras el bebé mame y se propone a la vez que sea el propio niño quien decida el momento del destete, entonces, ¿cuantos años durará el amamantamiento? ¿Hasta que nazca un nuevo hijo que desplace al primero de la cama y del pecho de la madre? Y otra cuestión: ¿duerme el padre en la misma cama o, como a menudo proponen, ha de dormir en otra?

En segundo lugar, pese a que está demostrado que el apego se desarrolla con la misma seguridad mamando que tomando el biberón, y que lo importante es que se dé alimento cuando el bebé tenga hambre, este movimiento defiende tan a ultranza el amamantamiento que sus promotores culpabilizan a las madres que, por la causa que sea, no amamantan a sus hijos o no lo alargan en el tiempo. Y respecto a su correlato, esto es, la alimentación a libre demanda, se ha subvertido este principio de tal forma que en la web de «la liga de la leche» se afirma: «ofrecer el pecho es la forma más rápida de calmar a un bebé». Que siempre que el hijo tenga una molestia corramos a calmar su queja ofreciéndole un pecho, sea de día o de noche, impide que el niño aprenda a calmarse y dormirse solo y, además, ¿qué ocurrirá cuando el niño crezca? ¿No buscará apaciguar cualquier ansiedad o malestar a través del placer oral y del alimento?

El vínculo que se establece entre un bebé y su cuidador se ha comparado con un baile: la buena coordinación y el entendimiento entre los bailarines es lo fundamental y, para lograr esto ¿servirá de algo estar uno pegado al otro casi día y noche, que es lo que propugna el porteo? Sabemos que ser buen cuidador significa estar disponible para cuando el bebé necesita atención, pero con esta práctica la complejidad y calidad del apego entre madre e hijo se reduce a una mera cuestión de cantidad, a horas que estén pegados uno al otro y prodigando el cuidador una atención que el niño ni demanda. ¿No será este un nuevo modo de culpabilizar a madres y padres que no pueden estar todo el día con su bebé?

Por último, aunque la costumbre de todos los padres y madres es intentar calmar el llanto del bebé, han puesto de moda pensar que se generan problemas si el llanto se repite o prolonga. Como hemos dicho, todas estas pautas no tienen aval científico y en esta cuestión se invierten términos no equivalentes: que un porcentaje significativo de niños que tienen problemas de aprendizaje hayan sido llorones de pequeños no significa que los bebés llorones tendrán luego dificultades. Además, este hacer creer que el llanto en sí mismo genera problemas, ¿no es una forma de preocupar inútilmente a los padres y madres de todos esos niños que padecen el cólico del lactante, de los que lloran de forma inconsolable y de esos bebés irritables o inquietos?

Entonces, la cuestión es ¿por qué un método tan exigente, que no tiene crédito científico y que culpabiliza a quien no practica sus consignas se ha puesto de moda? ¿Solo se sigue por eso, porque «hay que estar a la moda» o es una tendencia unida a otros movimientos de actualidad?

Quizá por el retraso a la hora de ser madres, las mujeres sean ahora aún más conscientes de que la crianza de un hijo es lo más importante que tienen entre manos y en consecuencia harán todo lo que los gurús, sean falsos o no, digan que hay que hacer para beneficio de su criatura.

Pero otro motivo de mayor calado es que con estas prácticas lo que se promueve es reducir la vida de la mujer a un exclusivo papel de madre y ama de casa, apartándola de la progresiva igualdad de derechos con el hombre y de sus metas laborales hasta conseguir alejarla del mercado de trabajo, algo que viene muy bien al sistema dada la crisis económica.

Y en conclusión, además de ser un movimiento claramente antifeminista, esta tendencia viene a sumarse a todas esas otras corrientes de pseudociencias y pseudoterapias, que van desde el creacionismo hasta la homeopatía, que utilizan palabras del mundo científico y alteran el significado de términos y conceptos para convencer de que sus opiniones y creencias tienen tanto valor como el conocimiento científicamente demostrado.

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