LA BRONCA REAL

MANUEL ALCÁNTARA

La llamada del Rey a restaurar el orden constitucional la hemos oído todos, pero sólo la han escuchado algunos. Su Majestad no se ha limitado a hablar más claro, sino más alto, y acusa a la Generalitat de llevar la insurrección a las calles. Es el mundo al revés porque son los independentistas los que hostigan a los guardias civiles y a los que acudieron en su socorro. Su Majestad emplaza a los dudosos poderes del Estado a asegurar el orden constitucional. Hay que tomar «medidas excepcionales», pero nadie se atreve a nombrarlas porque todos sabemos cuáles son. La Generalitat ha trasladado la insurrección a las calles de Barcelona y de Cataluña entera, aunque esté parcelada. Felipe VI, en una declaración dirigida a todos los españoles, incluso a los que no quieren serlo, ha acusado a los golpistas de la Generalitat y ha emplazado al Estado a restaurar el orden constitucional derruido. Su intervención se produjo después de que los separatistas lanzaran una huelga general. Creen que dejar de trabajar puede ser una solución para evitar trabajos mayores y en Cataluña, «fracturada y enfrentada», según las palabras de Felipe VI, que son palabra de Rey, las cosas han ido de peor en mal. La Guardia Civil y la Policía Nacional tienen que alojarse en las comisarías mientras ven quemar la bandera de España en los ayuntamientos. ¿De qué poderes del Estado habla? El asedio callejero al Estado está en la calle.

El final del verano nos ha traído 30.000 parados más y ha muerto Victorino mientras el toro de Iberia se desmanda. El momento tan temido ha llegado y los culpables están siendo identificados, pero la culpa es colectiva porque lo que más miedo nos produce es nuestra propia cobardía. Hemos oído al Rey, pero no le hemos escuchado porque tenemos puestas las orejas en Cataluña. La asonada puede ser ruidosa. Hemos hecho todo lo posible por no entendernos.

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