Entre bromas y veras

JULIO ARMAS

Tan cerca, tan lejos. Estuve hace poco en Portugal. Más concretamente en Oporto. Entre otras cosas fui a comprar algo que no les voy a decir. Un par de cajas de seis botellas me traje. Entré por Galicia y salí por Zamora. No se distingue el momento en que dejas un país y pasas al otro. En mi bello Portugal vale tanto Ítaca como el viaje a Ítaca. Me enteré de que había salido de España porque los paneles de las autopistas estaban escritos en portugués.

¿Y si no hubiera tenido los paneles, cómo lo habría sabido? Hacen falta señas de identidad con este jaleo de aduanas abiertas. A poco que te despistes, te pasas de país sin enterarte. Haría falta una buena información, no sé... algo escrito en un panel, algo que te dijera poco más o menos por dónde vas.

Imagínense una familia de alemanes, los Hintzman por poner un ejemplo, supongamos que viven en Colonia y que, cargando el coche hasta los topes deciden un día venir a pasar, con idea de descansar, (¡qué infelices!) una semanita en Benidorm.

Dicho y hecho. Motor en marcha y arreando que es gerundio. Y de Alemania a Bélgica, de Bélgica a Francia y de Francia a España. Y una vez aquí comienza el lío, y comienza porque ustedes pensarán que lo mismo que me pasó a mí en Portugal les pasará a los Hintzman en su viaje, que sabrán que ya han llegado a España porque verán los carteles escritos en español... pero no, se equivocan, no los verán porque si entran por el oeste, cosa esta bastante probable, encontraran los carteles escritos en euskera donde Fuenterrabía es Hondarribia y si lo hacen por el este, cosa esta más que posible, encontrarán los carteles escritos en catalán, con lo cual los catalanes, que saben perfectamente ir a Lérida, irán sin tener necesidad de leer los carteles y los extranjeros, que no saben ir a Lérida, mirando los carteles tampoco lo sabrán, porque en los carteles pone Lleida.

Y es por todo lo anterior por lo que sugiero que debieran ponerse en las antiguas fronteras unos carteles anunciadores de aquellas características más significativas de los países que se van atravesando, características que servirán, más que nada, para informar al viajero de la tierra que pisa y así, por ejemplo, en el cartel avisador que yo pondría a la entrada de España se leería: BIENVENIDO: por la carencia de fronteras, usted posiblemente no se haya dado cuenta de dónde está, por eso vamos a ayudarle a reconocer el terreno que pisa. Mire a ver si está usted en un sitio en el que las casas tienen persianas; si es así, es muy probable que esté usted en España. Y si quiere estar seguro de ello, fíjese a ver si, además, la gente tira papeles a la calle para luego pagar a una persona para que los recoja; mire a ver si en los sitios públicos se vocifera más que se habla; si a los turistas se les deja hacer lo que nunca harían en sus lugares de origen; si el quedar a las diez significa de diez a once; si todo se arregla a golpes (sobre el ventilador que no funciona, la puerta que no cierra o sobre el ordenador que no se enciende); si se desayuna a la hora de comer, se come a la de cenar y se cena de madrugada; si los jóvenes a las once de la noche están sentaditos en sus casas esperando a que sea la hora de salir; si ve a la gente divertirse tirándose garrafones de vino por la cabeza o revolcándose en tomates espachurrados; si la paleta de opinión sobre cualquier tema sólo tiene dos colores, blanco y negro, si... si... si... Si alguna o todas estas cosas le pasan, considere usted muy seriamente la posibilidad de encontrarse en España.

Y es que así está esto. No le den vueltas. Todo un desastre, pero un desastre tan maravilloso que puedo asegurarles que vivir en este bendito país, por muy caro que resulte, no tiene precio, y si no me creen pregúnteselo al señor Hintzman, cuando esté de vuelta en Colonia. Ya verán lo que les dice. Hasta el domingo que viene, si Dios quiere, y ya saben, no tengan miedo.

Fotos

Vídeos