EL BOMBARDEO DE BARCELONA

MARCELINO IZQUIERDO

En medio del monotema catalán que los medios informativos llevamos gestionando durante los últimos meses, se apela en demasiadas ocasiones a la Historia como argumento, sin que se sepa muy bien por qué. Ya son varios los tertulianos radiofónicos y televisivos que han relacionado el bombardeo de Barcelona en 1842, ordenado por Espartero, con la supuesta represión «españolista» contra Cataluña.

Recién salida España de su Primera Guerra Civil, el entonces regente de Isabel II luchaba desde el Gobierno por conducir a España a la senda de la modernidad, tras los nefastos reinados de Carlos IV y Fernando VII, y pese a la oposición de la nobleza y el clero, que se negaban a abandonar el Antiguo Régimen. Dentro de estas medidas que llegaban de la Europa liberal, este ilustre riojano de origen manchego apostó por el librecambismo y la rebaja de aranceles a los productos extranjeros, lo que no sentó bien en ciertos sectores de la industria textil catalana. La chispa saltó en la Puerta del Ángel de Barcelona, cuando un grupo de obreros trató de pasar una pequeña cantidad de vino sin pagar los preceptivos 'derechos de puertas'. El tumulto fue a más, azuzados los trabajadores por la patronal, hasta que la insurrección se apoderó de la Ciudad Condal y obligó a las tropas a atrincherarse en el castillo de Montjuic y en la Ciudadela. Con un criterio desproporcionado y políticamente calamitoso, Espartero ordenó bombardear la capital, que se rindió horas después tras haber soportado el impacto de 1014 proyectiles y la muerte de más de veinte vecinos.

A don Baldomero, la mano dura -habitual entre los militares del siglo XIX- le costó la Regencia y el exilio. No obstante, tratar de vincular este negro capítulo con las aspiraciones secesionistas es un disparate, si no una trapacería.

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