SOMOS LA BARRERA

PABLO ÁLVAREZ

Logroño lleva décadas huyendo hacia el sur. La almendrita que fue la ciudad primitiva lleva un siglo caminando desaforadamente hacia Soria, ocupando poco a poco terreno según los del pueblo íbamos siendo más y más numerosos.

Y, la verdad, los logroñeses hemos sido bastante cabrones con nuestra propia ciudad. Un poco por provincianismo, otro poco porque naide en Madrid nos toma en serio (y todo llega siempre demasiado tarde, por tanto) y un pelín por falta de ambición, lo cierto es que hemos ido poniéndole barreras a nuestra ciudad con mucha afición y bastante eficacia.

Primero fue la vía del tren, que nos duró hasta los cincuenta. Luego, cuando nos la quitamos y dejamos la Gran Vía hecha un pincel, sólo la pusimos un par de kilómetros más pabajo. Quién iba a suponer, claro, que este pueblo crecería tanto.

Esa herida aún está a medio cerrar, con la primera fase del soterramiento a medio terminar y las otras dos postergadas sine die. Pero cuando aún no había empezado la sutura (y muchos ni la esperaban), ya nos aplicábamos a ponerle otra barrera a nuestra ciudad.

Así que cogimos la carretera de circunvalación, y en lugar de llevarnos el tráfico de paso a una autopista liberada (como en Zaragoza, vamos) y convertir esa vía de paso en una calle de buen tráfico pero sin pasarnos (un segundo Duques de Nájera algo musculado, para entendernos) cogimos y nos calzamos una trinchera de cincuenta metros de ancho por diez de fondo. Que puestos a hacer barreras, mejor hacerlas con fundamento y sin dudas tontas.

Que aquello fue un error monumental lo atestigua la realidad: no han pasado veinte años y la ciudad ya ha sobrepasado esa barrera, mal que bien, a trancas y barrancas. Y los problemas de tener una ciudad a los dos lados de la madre de todas las trincheras aparecen.

Los Lirios es un problema, por ejemplo. Ayer, el Pleno dio otro empujoncito más a una pasarela peatonal sobre la rotonda del barrio con la circunvalación. La del Seminario, para que me entiendan. Por mucho que los vecinos actuales la necesiten (y santo y bueno que la tengan) una pasarela así es una especie de arreglo ortopédico. Tener una ciudad cosida por pasos sobreelevados peatonales (y con éste ya serán cuatro sobre la LO-20) sólo es la muestra de una derrota: la de una ciudad que ha pillado a sus planificadores de nuevo en renuncio.

Dentro de veinte años, los sucesores de quien ahora pelean por esa pasarela pelearán por que desaparezca. Porque que no se equivoquen: subir y bajar todos los días de esa pasarelaza va a ser un coñazo de tomo y lomo, aunque al menos no tendrás el miedo a que un camión te pase por encima. En fin, sólo me pregunto cuál será el próximo obstáculo que nos pongamos los logroñeses. Aunque en realidad todas se resumen en una: la barrera somos nosotros, y nuestra falta de planificación.

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