BARÓMETROS

MANUEL ALCÁNTARA

Todos les hacemos caso a las oscilaciones del mercurio cautivo. En mi remota infancia, que por muy lejos que esté nunca la he perdido de vista, los médicos te ponían el termómetro después de mirarte la lengua, que no admitía términos medios: o estaba sucia o estaba muy sucia. Era la época del agua de Carabaña, de la que sigo vengándome con otros líquidos más afectuosos. Ahora, la temperatura política lo abarca todo por culpa del llamado 'Puchimon', empeñado en demostrarnos que se puede ser presidente de una nación o de una nación de naciones estando encarcelado. Los barómetros, como los espejos, no tienen memoria. Incluso los antiguos consejeros de la Generalitat aspiran a salir de chirona para participar en la campaña electoral de los comicios fijados para el 21 de diciembre, cuando todos estemos deseándonos unas felices pascuas, incluso al encontrarnos en el ascensor con ese vecino con cara de mala leche que jamás nos saluda, ni siquiera con las cejas.

Los consejeros son ahora exconsejeros, pero siguen aconsejando. Su vocación es tan fuerte como la de Oriol Junqueras y han recurrido su encarcelamiento preventivo cuando el Gobierno está en el taller de reparaciones. Para añadir oscuridad a la larga noche que atraviesa España, los cuatro imputados por los delitos de rebelión, sedición o malversación piden salir de sus benévolas mazmorras. ¿Se puede elegir a un presidente que esté encarcelado? Cosas más difíciles hemos visto, pero no más raras. Se ha resquebrajado Podemos, que no sólo pierde adictos, sino simpatizantes, y hay grietas incluso en Esquerra Republicana, que no quiere entenderse más que con la CUP. La izquierda de verdad nunca ha sido nacionalista. Sabe que el nacionalismo es intrínsecamente malo, tirando a peor.

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