Barcelona, apeada

Los excesos del independentismo le hacen fracasar en su intento de acoger la sede de la Agencia Europea del Medicamento

Barcelona vio frustrado ayer su objetivo de convertirse en sede de la Agencia Europea del Medicamento, que en 2019 abandonará Londres por el 'brexit'. Una de las ciudades más atractivas del mundo, que inicialmente había concurrido al proceso de selección como la gran favorita, ni siquiera fue capaz de superar la primera votación. Barcelona ofrecía una amplia gama de atractivos; entre otros, el fuerte arraigo de la industria farmacéutica en su entorno, la emblemática Torre Glòries (antigua Torre Agbar) que albergaría la institución y un punto de referencia global para el sector. El objetivo merecía el esfuerzo conjunto desplegado por el Gobierno central, la Generalitat y el Ayuntamiento de Barcelona. El fiasco, previsible desde hace semanas, ha sido mayúsculo. Puede que nunca pueda certificarse que la inestabilidad política en Cataluña ha sido el factor determinante para apearla de una competición que parecía hecha a su medida. Pero es evidente que las tensiones derivadas del fallido desafío independentista, que ha tenido en vilo a la UE, no han remado precisamente a su favor. El panorama de una comunidad intervenida por el poder central a causa del secesionismo militante de sus gobernantes, y de una alcaldesa, Ada Colau, que ni siquiera se dignó en personarse en Bruselas, facilitaron que Barcelona se quedara sin la sede europea, que irá a Ámsterdam. La Cataluña oficial, marcada por el independentismo, está haciendo que la Cataluña social sufra las consecuencias de dos síndromes concurrentes: una infundada sensación de suficiencia y una narrativa que elude responsabilidades propias para imputar todas los reveses a la mala fe de los demás. Parece increíble que una comunidad líder en su potencial de progreso se haya visto encerrada en sí misma a causa de la secesión; una huida sin sentido de la que, con engaños y burdas manipulaciones, no han sido partícipes ni siquiera la mitad de los catalanes. Todo para nada, como se está demostrando. Todo para que dos de los portavoces más significados de la épica independentista, los exconsejeros Jordi Turull y Josep Rull, aleguen su expreso acatamiento del 155 para pedir la libertad tras un encarcelamiento ciertamente discutible. El balance resulta demoledor para Cataluña como sociedad, como memoria compartida, como expectativa de futuro. El independentismo ha inculcado entre sus seguidores la especie de que quizá sea necesario un tiempo de sacrificios para gozar, más adelante, de los beneficios de una república propia. Ayer cosechó un nuevo fracaso que no puede endosar a los demás.

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