Barbarie en el fútbol

Alonso se ha convertido en víctima y símbolo de una lucha aún pendiente para impedir que la violencia se instale en el deporte

La muerte del ertzaina Inocencio Alonso mientras trataba de separar, en medio de una lluvia de bengalas y objetos, a los ultras que actúan en nombre del Spartak de Moscú y a los que lo hacen atribuyéndose el del Athletic de Bilbao demuestra que la violencia pone siempre al límite la dignidad y la propia integridad física de las personas. La violencia a cuenta del fútbol conforma el único espacio impune, tolerado y comprendido en que la brutalidad sin límites logra establecerse como verdadero poder fáctico en Europa. Se trata de un fenómeno connivente, cuando las autoridades del deporte se escudan en que lo peor tiene lugar fuera de los estadios; y cuando los clubes evitan confrontarse con aquellos supuestos aficionados que no se enardecen durante tal o cual encuentro, sino que van enardecidos de antemano porque conforman tramas extremistas a cuenta de la competitividad deportiva. Cada día parece más claro que sólo la actuación del Estado de Derecho, de la Justicia ordinaria, puede emplazar al connivente mundo del fútbol a adoptar medidas drásticas para expulsar la violencia de los estadios y de sus aledaños. Las condenas obligadas de la FIFA y de la UEFA ante las imágenes de lo ocurrido en torno a San Mamés no son suficientes. Como tampoco es suficiente que en la próxima jornada de liga los estadios españoles se atengan a un minuto de silencio a modo de duelo colectivo, por imprescindible que sea. La UEFA no se sentirá concernida por los hechos acaecidos en torno a San Mamés mientras las instituciones democráticas no apliquen al límite los recursos de la Ley o no promuevan, en su caso, su adecuación a los retos emergentes de la ignominia disfrazada con equipamiento futbolístico. Pero lo mismo ocurre con cada club, con cada federación o con cada asociación profesional. La impunidad, la tolerancia y hasta la comprensión hacia los episodios de violencia en torno al fútbol son resultado, en buena medida, del peculiar anonimato en que se mueven sus causantes. La detención de solo nueve personas por lo ocurrido en Bilbao contribuye a recrear la idea de un fenómeno colectivo exento de responsabilidades individuales. El enfrentamiento físico y destructor entre quienes se dicen seguidores de uno u otro equipo, de una u otra doctrina -qué más da- es la barbarie. Una barbarie que tiene nombres propios y denominaciones grupales.

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