BANALIDAD DEL MAL

MARCELINO IZQUIERDO - EL CRISOL

La pensadora alemana Hannah Arendt trató de explicar a través de la expresión «banalidad del mal» por qué un tipo tan gris y anodino como Adolf Eichmann, teniente coronel de las SS nazis, pudo convertirse en responsable directo de la 'solución final', una de las masacres más cruentas y sádicas en la historia de la humanidad. Secuestrado en 1960 por el Mossad en Argentina, donde se ocultaba, a Eichmann se le juzgó en Israel por crímenes contra la humanidad, donde fue condenado y ahorcado. Argumentaba Arendt que no poseía Eichmann una conducta antisemita ni mostraba indicios de una mente enferma. Y que sí participó como una pieza clave de la 'solución final' -el genocidio sistemático del pueblo judío durante la Segunda Guerra Mundial- sólo lo hizo movido por el deseo de medrar en su carrera castrense y política. En resumen, Eichmann no era sino un celoso burócrata que cumplía órdenes sin plantearse sus nefastas consecuencias.

Llevamos demasiados años en España banalizando el bien y el mal, quizá por nuestro déficit de cultura democrática y por esa tendencia tan ibérica al esperpento descontextualizado. Que políticos, funcionarios, periodistas y gente corriente afirme sin ambages que el Estado español es un régimen franquista y fascista que coarta las libertades en Cataluña supone no tener ni idea de la dictadura de Franco ni de Hitler y Mussolini ni de lo que es un Estado. Por otra parte, que Rosa Díez publique el tuit «La democracia es más que urnas así como la paz es más que ausencia de violencia. Con Franco había paz y urnas; pero no había democracia» avala los peligros que conlleva la banalización.

Como sentenció Camille Sée, «dicen que la historia se repite, lo cierto es que sus lecciones no se aprovechan».

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