Autodeterminación y sexo

DOMINGO GARCÍA-POZUELO

El martes 28 de noviembre Diario LA RIOJA publicaba una noticia, sobre la proposición de ley de transexualidad y su toma en consideración en el Parlamento de La Rioja. Hasta aquí nada extraño para los tiempos que corren, los avances de la sociedad y la integración de cualquiera en la misma. Ahora bien, lo que me interesa de esa toma en consideración no es su inclusión en el debate parlamentario, que también, sino lo que expresaban los proponentes, con unas declaraciones cuando menos chocantes y cargadas de una ligereza rayana en la simpleza. El resumen de argumentos era el siguiente: «la regulación legal del derecho a la autodeterminación de género». Para a continuación exponer: «una persona lo decide por ella misma y en el momento que quiere».

Vayamos por partes: ¿Qué es eso de la autodeterminación de género? ¿Qué pinta la autodeterminación en este asunto? La autodeterminación, en toda tierra de garbanzos, significa exactamente la decisión consensuada de los habitantes de un territorio o unidad territorial, sobre su futuro estatuto político. Por tanto a qué viene el término autodeterminación en un debate sobre transexualidad. En mi opinión nada, y menos cuando se juega con el lenguaje hasta extremos paroxísticos, desde una empanada mental que tal vez esté producida por esa saturación verbal, en la que un sector del autonombrado progresismo español se halla inmerso, por la destemplanza creada a cuenta de la república catalana y su ansiada independencia teñida de autodeterminación. En la que por cierto han caído algunos que en tiempos parecieron inteligentes, y que con el devenir de los acontecimientos se han reencarnado en abstrusos, como el otrora preclaro Punset.

La segunda parte de la primera parte contratante tampoco tiene desperdicio, puesto que en un tema tan trascendente y arriesgado como la toma de decisión de un cambio de sexo, resulta que, según sus impulsores, una persona lo decide por ella misma y en el momento que quiere, sin ser imprescindible informe médico o psicológico alguno, que acredite la conveniencia de tan compleja decisión. Y, consiguientemente, de tan costoso tratamiento a cargo de la sanidad pública. Por último no puedo dejar de citar otra de las perlas que pude leer: «La voz de los menores, el colectivo más vulnerable, va mucho más allá de lo que digan sus padres». Sin comentarios. Ya se entiende que no sólo en Cataluña se desvaría.

La disforia de género o trastorno de identidad de género, es un diagnostico con el que se describe a personas con discordancia con el sexo que se les asigna al nacer, y que no sienten como propio, y cuya valoración la deberían hacer especialistas en la materia, además del rosario de intervenciones quirúrgicas y tratamientos de toda índole, en un proceso enormemente complejo en todos sus pasos. Lo cierto es que en España, según datos estadísticos, se da un transexual por cada 11.900 habitantes, que es equivalente a los Países Bajos, aunque no así en Estados Unidos donde se da uno por cada 100.000 habitantes. Pero la percepción que se deriva de la proclama descrita, es la de un oportunismo muy frecuente en la política española, con esa tendencia hacia la búsqueda de «lo que mola» en sectores no mayoritarios de la sociedad, pero que «les pone» a algunos que se apuntan con denuedo a la ligereza de criterios. Porque, sin ir más lejos, ¿qué ocurre con las llamadas enfermedades raras? Más de 7.000 en todo el mundo, y que afectan al siete por ciento de la población mundial, y cuyas estadísticas nos dicen que son consideradas como tal, cuando al menos cinco de cada 10.000 habitantes la sufren. Es decir un porcentaje más elevado que el de la transexualidad, ya que en España hay más de tres millones de personas con enfermedades consideraras raras, que abocan a quienes las padecen y a sus familias, al sufrimiento de lo irresoluble, y que se corresponde con esa dramática y amarga lotería que a veces es la vida. Pero esto no mola.

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