EL ATOLLADERO

MANUEL ALCÁNTARA

Los aludes nunca vienen solos y lo lógico es poner mala cara a los malos tiempos. Ante el empuje de Ciudadanos, los líderes del Partido Popular están perdiendo popularidad y discrepan sobre la manera de combatir la huida de votos hacia el partido de Albert Rivera. A veces los sondeos de opinión son una manera de conseguir que el eco se anticipe a la voz. No es que sean adivinos, ya que el oficio de arúspice está muy desacreditado, es que ven venir las cosas que se les han venido encima. Lo que era rivalidad se ha convertido en lucha abierta, aunque sea a puerta cerrada, entre radicales y conservadores. El problema es que su rival electoral es también su socio y con amigos así no hay que buscarse enemigos. ¿Cómo detener la sangría de votantes sin curar antes la herida? Los que están a favor de la llamada 'línea dura' no se ablandan con los pactos, porque ya han hecho bastantes, aunque todos insuficientes.

La gran cuestión que se plantea el PP es frenar la desbandada de partidarios a los que ya no les gusta su partido. Los hay que incluso aspiran a modificar el pasado, que es irreparable por muchos parches que se le pongan porque lo que pasó no acabe de pasar. Mientras, el Parlament se ha colocado de nuevo al borde de la rebeldía, aunque Puigdemont tenga el cuerpo fuera.

El prófugo más célebre presidirá un 'consejo de la república' en Bruselas, pero si pisa suelo de España le meterían en la cárcel y él no quiere correr el menor riesgo, ya que tiene vocación de líder, pero no de mártir.

Lo suyo es manipular el mando a distancia y hay que reconocerle una gran destreza. Tiene su mérito meterse en el atolladero sin que le empuje nadie, mientras Cataluña se está hundiendo en el bloqueo y el independentismo crece.

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