ARTE DE DURAR

MANUEL ALCÁNTARA

Alos españoles no nos gusta abandonar esta costumbre de vivir antes de tiempo y, unos con otros, resistimos lo más posible. Tanto, que hemos llegado a ser el país con más viejos del mundo, exceptuando Japón, ya que siempre hay alguien que nos gana. Lo que llaman esperanza media de vida, según el último informe de la OCDE se sitúa en 83 años, pero no habla del precio de la longevidad, que es carísimo para casi todos los que accedemos a ella. Hay que pagarlo al contado, aunque no contemos los días. Envejecer es carísimo y eso de tener un pie en la sepultura es muy incómodo porque nos obliga a hacer equilibrios más o menos ridículos y ya no estamos para hacer contorsiones. «Quien mucho vive, mucho pena», asegura nuestro hosco refranero, que tiene repertorio para todos los gustos. Hace algún tiempo, cuando los ancianos de hoy éramos jóvenes, aspirábamos a dejar un cadáver al que diera gusto verlo. Ya no. «Mi vida acaba y mi vivir ordena», que dijo Quevedo, pero que lo ordene para luego, porque no estamos para prisas.

Recordar, que etimológicamente viene de volver a pasar por el corazón, es una de esas obligaciones involuntarias que nos sirven de consuelo. Chiquito de la Calzada era un ángel de paisano, empeñado en hacernos reír a trompicones. La risa es curativa, además de ser caritativa. Inventar palabras no es fácil, porque el Diccionario de la Real Academia acoge a más de una huérfana, porque el idioma anda en lenguas de la gente que yo sepa. Solo Neruda, que acuñó el término 'otoñabundo', para juntar las hojas que caen del árbol del tiempo con nuestro corto trayecto, ideó algo semejante. Heredó del padre Rubén Darío su querencia por la palabra 'celeste' que dicen que no es un color, porque no acaba de definirse, como algunos políticos que dudan entre el rojo y el amarillo y el azul.

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