Aporofobia

DOMINGO GARCÍA-POZUELO

Recientemente se ha consolidado a través de la RAE y de La Fundéu, aunque tal vez sea flor de un día, la palabra aporofobia. Es como si de pronto, con la invención llevada a cabo por la filósofa Adela Cortina, supiéramos de manera más precisa qué es lo que nos pasa ante la pobreza; cómo respondemos ante esa situación social. Sin embargo el asunto tiene sus matices ya que la palabra, en mi modesto entender, no se puede equiparar a otras con raíces lingüísticas similares, tales como agorafobia y su opuesta claustrofobia, que denotan una sintomatología que alude a temores obsesivos a los espacios abiertos, o cerrados, según el caso. En suma, una enfermedad. Con esta nueva palabra tengo la sensación de que incorpora una carga o matiz ideológico de tono admonitorio, tanto de la autora como de quienes aplauden este hallazgo, que dudo limpie y dé brillo y esplendor a nuestro léxico. Y que, lejos de describir una sintomatología por la cual alguien puede ser considerado un enfermo, a causa de alguna fobia, parece que lo que se hace es aleccionarnos con una perorata socio-política por la que se nos conmina a que resolvamos cualquier pobreza existente en el mundo, porque si no seremos catalogados como insolidarios. Y con ello se desvirtúa el aparente fin de la nueva entrada en el diccionario, que no debería ser otro que la descripción aséptica de una fobia.

Hay mucha frivolidad en el empleo de tales arengas, además de la carga ideológica que del propio término se está haciendo, con el añadido de la interpretación que la inventora del mismo explica, de manera confusa, con un cierto tono bélico: «el rechazo a las patologías sociales por lo que son, para combatirlas de manera adecuada» y que indica un sesgo ajeno a lo que el diccionario debe describir.

Por lo tanto me atrevo a proponer una nueva palabra, opuesta a aporofobia, y que desde luego ni la RAE ni la Fundéu la tomaran en cuenta, aunque tampoco me hace falta. Se trata del odio al empresario que genera puestos de trabajo y además comete el delito de ganar dinero. Y para ello me aventuro a utilizar el término ploúsios, rico en griego (algo similar a lo que hizo la señora Cortina) y con ello construir el palabro ploúsiosfobia. Y esto lo propongo por aquello del odio hacia los que son capaces de generar riqueza en este país, y en el que a un prócer como Amancio Ortega, que dona millones de euros a la sanidad pública para la adquisición de aparatos médicos con los que ayudar a mejorar los diagnósticos, y así salvar vidas, lo ponen como hoja de perejil los mismos que colocan las pancartas con bienvenidas a los refugiados, a los pobres en definitiva. Así que ahí queda mi modesta aportación al lenguaje diario, a sabiendas de que seré tildado de todo menos de bueno. Porque en este tiempo tan proclive a la estigmatización de cualquier pensamiento que sea discrepante para con los dictados preestablecidos por los detentores de la verdad inmutable, uno es un facha. Palabra cuya aplicación es harto frecuente por los que dictan el modelo adecuado de opinión de la sociedad, y por tanto contra los que nos salimos de los cauces impuestos. Discrepar de lo que se clasifica como corrección política es motivo suficiente para ser tildado de rancio, carca y finalmente ser descrito como fascista, a medio camino entre la dictadura franquista y el conservadurismo más conspicuo. Pues bien, debo decir, siempre en mi opinión, que la palabra aporofobia es una tendenciosa clasificación entre aquellos que consideramos que la recepción infinita de personas, procedentes de cualquier lugar, que no se base en los análisis más equilibrados hacia la realidad de la pobreza y los recursos económicos del país de acogida no es una fobia, sino sensatez. Lo contrario es un disparate defendido por estúpidos (no es un insulto sino un diagnóstico) que padecen fobia hacia la verdad.

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