Antonio Larrea, el alma del Rioja

El Museo Vivanco de la cultura del vino, el mejor del mundo, es muy conocido, pero lo es menos su 'sala de máquinas', el Centro de Documentación, un archivo vivo que conserva un fondo espectacular no solo de interés para historiadores, pues hay colecciones de fotografías del mundo, documentos relacionados con la música y el vino, bibliografía especializada de todos los países y en todos los idiomas, etc. Ese es el Centro al que fue a parar la documentación acumulada por Antonio Larrea durante toda su vida, el Fondo Larrea, más de cien cajas que nos descubrió Nuria del Río, la primera que se dio cuenta de la importancia de su contenido.

Larrea fue director de la Estación Enológica de Haro, a la que llegó en 1943, y presidente del Consejo Regulador desde su restauración en 1945 hasta 1971: pueden ustedes imaginar la riqueza documental acumulada a lo largo de su vida, más si cabe teniendo en cuenta que Larrea lo guardaba todo. Sus notas, sus miles de libros y artículos, los originales de sus cientos de escritos, incluidos textos sobre Historia y hasta poesías a mano, las copias de las memorias que escribía cada año para la Enológica, los artículos para la prensa, en fin, la vida, pública y privada, del hombre que logró hacer transitar al mundo del Rioja desde la más absoluta miseria hasta la cima que significó la concesión de la Calificada en 1991, todo está en ese Fondo.

* El libro 'Antonio Larrea, el alma del Rioja', escrito por César Luena y José Luis Gómez Urdáñez, con prólogo de Pedro Solbes y epílogo de Paco Díaz Yubero, se presenta mañana, a las 18 horas, en la Estación Enológica de Haro bajo el patrocinio de Fundación Vivanco y Universidad de La Rioja.

Pero aún hay más. Se trata de otro conjunto documental de igual interés que se conserva en la Estación Enológica de Haro y que consultamos con la complicidad de su última directora, Montse Íñiguez. La Enológica es historia viva escrita por los ingenieros agrónomos, los enólogos, los capataces bodegueros, en fin, aquellos que se dedicaron al Rioja con 'luces e instrucción' como requería Samaniego, que además de escritor famoso tenía viñas en Laguardia. Cuando llegó Larrea, el centro era una pura ruina, sombra de lo que fue en los buenos tiempos anteriores a la filoxera, cuando Haro estrenó alumbrado eléctrico, plaza de toros, sucursal del Banco de España; cuando se decía que los jarreros encendían los puros en el Suizo con billetes de cinco duros y las mujeres salían al puente el día de cobro para quitarles la paga a sus maridos antes de que se la gastaran en vicios (y en Haro, gastar en beber vino no ha sido nunca considerado un vicio). Pero en los años cuarenta, en medio de la autarquía, todo estaba por hacer y todo recaía sobre las espaldas de un hombre en apariencia apocado, pero tenaz, débil ante la fortaleza del poderoso grupo de bodegueros exportadores y del Sindicato Nacional del Vino, pero seguro de su misión -su 'apostolado'-, que estaba impregnada de ideas provenientes del humanismo católico y de la doctrina social de la Iglesia.

Había que mantener a los hombres del campo en sus pueblos, con sus bodegas y sus cooperativas, sus tradiciones y su modo de vida sencillo y feliz, más aún en torno al vino reparador tras la dura jornada, el vino junto a la lumbre, o a la fresca. Otros cultivos quizás no fueran capaces de evitar que la población rural sin futuro engrosara las despersonalizadas masas obreras de las ciudades, pero la vid y el vino sí, como demostraba la historia y pensaba Larrea. Donde hay viñas hay dinero, dicen los jarreros recordando los años de la euforia, así que solo era necesario resistir los malos tiempos de la posguerra y esperar a que se reanudara eso que tanto alegra a los riojanos (todavía hoy): la exportación. Cuando Larrea dijo desde Estados Unidos: «Hay que quitarse la chaqueta vieja del pensar antiguo», el Rioja ya se había abierto la puerta grande en el mundo. En los dos viajes americanos, en 1966 y 1967, los bodegueros riojanos aprendieron mucho... y Larrea más, pues vio a la gente comer con un café al lado del rosbit y, en las catas, sacar la petaca de güisqui después de degustar una copa de vino. ¡Cómo se le podía vender vino a gente así!

Pues se le vendió y mucho. Las grandes cosechas de 1964, 1966 y 1970 impulsaron al Rioja a las mesas donde antes lucían en solitario los grand cru de resonancias de chateaux y familias aristocráticas. El vino humilde y malo de La Rioja, el vino de las tabernas que llevaban los arrieros a Bilbao a lomos de mula, acabó por ser un producto elegante y reputado en todo el mundo. Hombres como Larrea y muchos que él formó han sido claves en este viaje.

El libro que le dedicamos, editado por la Fundación Vivanco y la Universidad de La Rioja, describe ese recorrido histórico a través de los ojos del hombre que se convirtió en el 'alma del Rioja' y que hizo de Haro el centro de su vida, siempre pensando en servir, siempre confiado en que la bebida 'más natural del mundo' diferenciaba a La Rioja desde siglos atrás y debía seguir haciéndolo en el futuro: un maná que mantendría la alegría y la prosperidad de los riojanos y sus tradiciones en común. ¡Cuánto hubiera disfrutado visitando el Museo Vivanco, leyendo en su Centro de Documentación, bebiendo un Maturana monovarietal -que hemos documentado en Haro en el siglo XVII-, conociendo a los doctores en Enología que salen de nuestra universidad!

Larrea hubiera celebrado los rotundos éxitos del Rioja en el Terete -y con una oración en La Vega, sin duda-, y hubiera presumido con su amigo Emile Peynaud, director de la Enológica de Burdeos, a quien llevaba a pasear por los pueblos de uno y otro lado del Ebro en los que algunos pequeños bodegueros triunfan hoy en el mundo elaborando vinos espectaculares. El bordelés Peynaud, socarrón como son las gentes de las tierras del vino, dijo del bondadoso Larrea que «subyugaba al auditorio con su capacidad para narrar y su facilidad de palabra», pero que no podía comprender sus poesías. Larrea, con guasa y sabiendo que las musas no le favorecían tanto como los diablillos de la Enología, le había dicho que eran intraducibles. Mañana estarán con su mejor cara de pícaros en nuestro recuerdo, junto a muchos pioneros y visionarios, Ezequiel El Brujo, Gonzalo Ortiz, Melquiades Entrena, Rolf Ieronimi y su mujer Josette, Pedro Vivanco y tantos otros que le acompañaron en la empresa y a nosotros en la redacción del libro.

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos